Flor de fuego

La fotografía de Yael Martínez es un ejercicio de poesía visual en movimiento. Sus imágenes retratan fragmentos de una constelación que se alimenta de luz y de aleteos de la imaginación. Ésta es parte de la esencia que proyectan las 117 instantáneas que Yael expone, ...

La fotografía de Yael Martínez es un ejercicio de poesía visual en movimiento. Sus imágenes retratan fragmentos de una constelación que se alimenta de luz y de aleteos de la imaginación.

Ésta es parte de la esencia que proyectan las 117 instantáneas que Yael expone, desde hace casi medio año, en el Museo de Arte Moderno (MAM), como parte de la muestra Flor de fuego. Rí’yuu Ágù, que concluirá mañana.

Es una pena que esta exposición llegue a su fin sin que al menos una parte sea llevada (lo digo como un deseo) al Metro de la CDMX, porque ese cúmulo de ficciones bien podría hipnotizar, de manera espontánea, miles de miradas, para consumar lo que alguna vez escribiera el poeta Rubén Bonifaz: “Yo miro en esta hora,/ y sé que alguien vigila este silencio./ Alguien que no conozco”.

Pero hay algo más en estas fotografías, la mayoría intervenidas por este artista visual que recrea, quizá de manera azarosa, la danza del viento y el dolor de la migración forzada, la violencia y la pobreza.

La obra de Yael, indica la curaduría, “se inserta dentro del campo de la fotografía documental”, aunque luego matiza y nos dice que la asume desde sus propios términos, “a través de una mirada cercana e íntima produce imágenes que a menudo altera manualmente —con perforaciones, rayados, dibujos, trazos, recortes, manchas de químicos o tinta—, lo que convierte sus fotografías en piezas únicas”.

Habrá quien imagine que estas instantáneas se inclinan por retratar la belleza de atmósferas adversas y cargadas de incertidumbre, pero, más bien, pienso que sus imágenes intentan revelar la huella que conecta todas estas causas con la naturaleza, donde el paisaje es el eslabón que interroga a la tragedia. En esencia, las fotografías de Yael son metáforas de quietud que nos dan esperanza. No se la pierdan.

PALABRAS DE ALGODÓN

Que la nueva titular de Cultura, Claudia Curiel, acudiera el pasado 8 de octubre al Conservatorio Nacional de Música (CNM) para escuchar, durante poco más de dos horas, los 50 puntos que la comunidad exige para mejorar sus condiciones —algo que jamás hicieron Alejandra Frausto ni la propia Lucina Jiménez— me parece un buen síntoma para intentar resolver, ahora sí y de una vez por todas, los problemas que aquejan a esta importante escuela artística del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL).

Por desgracia, el ejercicio llega tarde, luego de múltiples diagnósticos, promesas, pliegos petitorios y protestas. Es evidente que los estudiantes requieren algo más que el compromiso verbal de acudir a las escuelas del INBAL. Quizá entregar un calendario que programe las visitas a la Escuela Superior de Música, a La Esmeralda y a todas las que también se han manifestado desde 2022.

El problema es que Lucina ha repetido la existencia de un diagnóstico en cada uno de los planteles y que se atiende paulatinamente —desde la comodidad de un programa invisible—. Pero aquí pregunto algo simple: ¿dónde está el referido diagnóstico y cómo es que una funcionaria que deja inconclusa esta tarea no rinde cuentas y aparece como si nada ocurriera?

En consecuencia, ayer la comunidad del CNM no sólo decidió continuar con el paro activo, sino que exige la renuncia de Pedro Fuentes Burgos (INBAL) y de Silvia Navarrete, titular del Conservatorio Nacional de Música, dado que “la comunidad estudiantil, docente y trabajadora no se siente representada por la actual dirección”.

También demanda “la copia de la auditoría mencionada por Lucina Jiménez, quien declaró que ésta ya ha sido solicitada”. Por desgracia, esto es lo que ocurre cuando uno intenta apagar un incendio rociando tolueno. Me parece que Claudia Curiel de Icaza tendría que llegar a este tipo de mesas con toda la información disponible y no con las manos vacías, porque de palabras y promesas sólo está hecho el reino de los buenos deseos.

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