Gracias
Cuando le avisé a mi amigo el escritor Antonio Ramos Revillas que mi mamá acababa de fallecer, me preguntó que con qué canción me gustaría despedirla. Sin pensarlo mucho, le dije que María. En realidad pude haberle dicho varias, sobre todo de ese disco que mis papás ...
Cuando le avisé a mi amigo el escritor Antonio Ramos Revillas que mi mamá acababa de fallecer, me preguntó que con qué canción me gustaría despedirla. Sin pensarlo mucho, le dije que María.
En realidad pude haberle dicho varias, sobre todo de ese disco que mis papás ponían religiosamente todos los domingos cuando mis hermanos y yo eramos pequeños: un álbum triple de Chavela Vargas.
Si algo tengo que agradecerles a mis padres en cuestión de enseñanza musical es haberme inculcado el amor por Chavela. Claro, no lo sabía al principio, mis hermanos y yo sufríamos la voz de la cantante costarricense, su forma de interpretar era muy rara: “¿está loca o borracha?”, preguntábamos. Luego, más grandes, nos reíamos, nos burlábamos del estilo tan gracioso. Era obvio que nos faltaba crecer para disfrutarla. Pero llegó el momento. Fue muy extraño descubrir que en cada borrachera añoraba escuchar esa voz tan pasional y desgarradora.
Cuando empecé a componer canciones, algo de su influencia apareció, el ejemplo más claro es Esa noche, incluso queríamos que ella la cantara a dueto con nosotros. No se pudo.
Lo más extraordinario es que las canciones que canta Chavela son de distintas épocas y estilos, parecería imposible que un solo artista las tuviera en su repertorio. Flor de Azalea, de Manuel Esperón, a lado de Preguntitas a Dios, de Atahualpa Yupanqui; Un mundo raro, de José Alfredo Jiménez, y No soy de aquí ni soy de allá, de Facundo Cabral.
Sí, Chavela era una genia, como lo fue Nina Simone, que cada canción que cantaba entraba en su estilo, y no al revés.
Antonio Ramos Revillas tiene esta novela, El cantante de muertos, donde el personaje principal descubre que pertenece al linaje de músicos que acompañan al muerto en su viaje, con una canción especial, una que cada muerto tiene y se las canta en el momento que lo están velando.
La semana pasada, cuando mi mamá estaba enferma en el hospital y no despertaba, Rubén Albarrán, el cantante de mi banda, me hizo una propuesta: ir y cantarle María a modo de homenaje y agradecimiento.
Esa canción la compuse yo, pero en un principio el arreglo iba para otro lado de como quedó al final. Intentamos varios, y poco a poco fuimos llegando a algo tipo balada. Queríamos que pareciera una canción de Simply Red, que en ese entonces había sacado su primer disco.
Pero mi mamá, que la escuchaba desde lejos —ensayábamos en su casa, donde vivíamos Quique y yo, sus hijos—, nos dijo: “Qué bonito bolero están tocando”.
En un principio este comentario nos desanimó. Como el que nos hizo de Persianas: suena a música norteña, cuando según nosotros era un ska.
El comentario de “Qué bonito bolero” nos llevó a encontrar el camino correcto. María le debe mucho a mi mamá. Y quizá no sólo esa canción, sino todo el estilo de Café Tacvba, los oídos de mi madre escuchaban algo que nosotros no: lo popular mexicano en lo que estábamos haciendo.
Le dije a Rubén que no podía acompañarlo en la guitarra. Me iba a quebrar. Mi madre aún estaba enferma y yo necesitaba fuerzas para seguir cuidándola.
Días después murió.
Al velorio asistieron muchos familiares y amigos, entre ellos Rubén, que se acercó al féretro cuando no había nadie cerca. Estuvo un rato ahí, lo observé. Me daba la espalda. Mi hija Luciana me dijo que ella lo vio como hablándole a mi mamá, muy bajito. Movía la boca.
¿Estaba cantando?, le pregunté. No sé, me respondió.
Yo creo que sí. Yo espero que sí.
Gracias, mamá.
