Señoras y señores, llegaron los octavos de final y, con ellos el adiós de México a la Copa del Mundo. El sueño terminó frente a Inglaterra, una de las grandes potencias del futbol mundial. La eliminación deja sentimientos encontrados: la tristeza de ver apagarse la ilusión de todo un país, pero también el orgullo de haber visto a la Selección Mexicana competir de tú a tú ante un rival de jerarquía. México estuvo a la altura, pero su nivel futbolístico no fue suficiente para avanzar. Desde los primeros minutos mostró personalidad, presionó la salida inglesa, tuvo mayor posesión del balón e incomodó a una selección acostumbrada a dominar y ser protagonista. No fue un equipo que esperó atrás ni que apostó únicamente al contragolpe; fue un equipo valiente, decidido a atacar, a proponer y a buscar la victoria.
La expulsión de Jarell Quansah parecía favorecer a la Selección Nacional. Inglaterra jugó con un hombre menos durante casi una hora, una ventaja que normalmente cambia el rumbo de cualquier eliminatoria. Sin embargo, sobre la cancha apareció la experiencia de uno de los equipos acostumbrados a competir por los títulos. Los ingleses cerraron espacios, defendieron con inteligencia y encontraron la forma de sobrevivir cuando todo parecía favorecer al conjunto mexicano. La superioridad numérica nunca se reflejó realmente en el desarrollo del partido. La diferencia terminó estando en la calidad de sus futbolistas. Jude Bellingham fue la gran figura de la noche. Marcó dos goles llegando desde la segunda línea y fue el socio ideal de Harry Kane. Lideró a su equipo durante todo el encuentro, apareciendo en todas las zonas del campo: defendió, recuperó balones, distribuyó el juego y atacó con la personalidad de un futbolista de élite. También destacaron Declan Rice, por su equilibrio en el mediocampo, y Anthony Gordon, quien recientemente fue fichado por el Barcelona y resultó prácticamente imparable por la banda.
Los partidos se ganan y se pierden en las áreas. Inglaterra entendió perfectamente cómo defender su ventaja. Apenas iniciado el segundo tiempo, su técnico, Thomas Tuchel, reforzó la defensa con dos zagueros altos y fuertes, consciente de que México se lanzaría con todo al ataque. La estrategia funcionó. Los centros enviados por los jugadores mexicanos terminaron una y otra vez en la cabeza de los defensores ingleses. El juego aéreo nunca ha sido una de las principales fortalezas del futbol mexicano y, frente a una defensa físicamente superior, insistir por esa vía terminó favoreciendo al rival. Con el paso de los minutos, México fue perdiendo claridad. El funcionamiento colectivo se vio superado por las individualidades inglesas. Javier Aguirre también cometió errores: apostó por acumular centros delanteros en el área y la estrategia no dio resultado. Los atacantes terminaron estorbándose entre sí, mientras que ni Roberto Alvarado ni Jesús Gallardo lograron enviar centros con verdadero peligro. Además, la salida de Julián Quiñones le restó profundidad al ataque mexicano, que perdió velocidad y desequilibrio en los momentos en que más los necesitaba.
Fue un partido dramático, en el que Inglaterra siempre estuvo por delante en el marcador. Supo sufrir, resistir y aprovechar cada oportunidad que tuvo. Este triunfo no sólo le da el pase a los cuartos de final, sino que fortalece la confianza de un equipo que, sin desplegar su mejor futbol, demostró que sabe competir cuando más importa. A México hay que reconocerle la entrega, el esfuerzo y la personalidad con la que afrontó el partido. Nunca dejó de luchar y obligó a Inglaterra a emplearse al máximo. A los ingleses hay que aplaudirles la calidad individual de sus futbolistas, su capacidad para defender con orden y la experiencia para manejar los momentos clave del encuentro. Al final, ganó el equipo que cometió menos errores y que jugó mejor.
El resultado duele por la ilusión que esta selección había despertado en la afición. Las victorias sobre Sudáfrica, Corea del Sur, Chequia y Ecuador generaron la esperanza de que México estaba listo para dar el siguiente paso. Sin embargo, frente a un rival de verdadera jerarquía quedó claro que todavía existe una distancia importante. A esta selección le faltan futbolistas capaces de cambiar el rumbo de un partido, jugadores determinantes que marquen diferencias en los momentos decisivos.
Más allá del análisis deportivo, el futbol mexicano necesita una profunda reflexión. La Selección Nacional debe ser un proyecto de todos, no depender de intereses particulares ni de una sola televisora. Es momento de unir esfuerzos, compartir responsabilidades y trabajar con un mismo objetivo: construir un futbol más fuerte y una selección capaz de competir de manera constante con las grandes potencias. Ya basta de conformarse con competir. Han sido demasiados años de quedarse en la orilla.
