No repitamos la historia
EU tendrá una posición más dura respecto a México que las que hemos vivido: la migración, el fentanilo y la renegociación del T-MEC, son temas torales que no podemos afrontar con una sociedad dividida.
Al momento de escribir estas líneas no hay una ganadora definida en las elecciones federales, ni en la mayoría de las estatales. Lo que sí ha sido notable es la participación en muchas zonas del país, con largas colas para votar, zonas muy específicas donde no se pudieron instalar casillas, pero salvo incidentes aislados (en algunos casos no tanto, en zonas de Chiapas), hasta el cierre de las casillas se votó en orden y con tranquilidad. La excepción fue en buena medida el exterior donde la organización, como se preveía, no estuvo a la altura de las circunstancias y de los miles de mexicanos que viven fuera. Pero lo importante es la participación y que la gente demostró que no quiere imposiciones, ni siquiera que los candidatos o funcionarios se saltaran la fila a la hora de votar.
Pero miremos hacia el futuro. Nadie tendrá una mayoría calificada en el Congreso y, por ende, tampoco tendremos, afortunadamente, un plan C. Si alguien pensaba que esta elección era un mero trámite se equivocó: la disputa electoral fue intensa, la votación también, el poder quedó distribuido entre distintas fuerzas políticas y candidatos. No habrá plan C ni un paquete de reformas a votar en septiembre que cambie el escenario constitucional y el equilibrio de poderes. Hoy el país está políticamente polarizado, pero no es viable seguir con la lógica de la ruptura. La sociedad ha vuelto a demostrar, ya lo hizo incluso en 2021 y la señal fue ignorada, que no quiere hegemonías ni monopolios políticos. El país es plural y quiere seguir siéndolo.
La próxima administración tiene que entenderlo y el gobierno asumirlo: el país no puede seguir viviendo un clima de ruptura y polarización porque éste inmoviliza, rompe con la normalidad y fomenta la inseguridad. Todas las encuestas han exhibido que nada preocupa más a la gente que la inseguridad, la violencia, la extorsión, pero no se puede tomar control sobre la seguridad sin la participación de todos los ámbitos sociales y políticos: se requieren fuerzas federales más sólidas, policías preventivas y de investigación eficientes, donde, además de definir el papel militar en este esquema, se demandan fuerzas policiales en los estados homologadas y coordinadas con las federales. Y mucho más. Pero para eso se necesitan acuerdos, estar convencidos de que existen estrategias y esfuerzos comunes. La inseguridad exige políticas comunes. Habrá mayorías y minorías y confrontación política e ideológica, a nadie le interesa ni le sirven los pensamientos únicos, pero no tenemos margen para que esa confrontación se siga convirtiendo en nuevas y más profundas rupturas.
Estoy convencido de que pasado este 2 de junio y luego del inicio del nuevo gobierno el 1º de octubre, cambiará profundamente el sistema político: con las semanas no tendremos la misma estructura de partidos, tendremos fuertes realineamientos, dentro y fuera de cada fuerza, y habrá que construir nuevas mayorías.
Ésas también son exigencias para crecer económicamente y para fenómenos como el nearshoring. No es verdad que estemos aprovechando plenamente las coyunturas especiales que estamos viviendo: el crecimiento económico ha sido mínimo en todo el sexenio, las inversiones son importantes, pero no son mayores a las del pasado, el fenómeno de la relocalización no lo hemos explotado porque no existen condiciones en el ámbito de la energía, el agua, la seguridad, ni la certeza jurídica suficiente como para detonarlo en la forma en que deberíamos.
A eso habrá que agregarle el factor EU: si la próxima administración estadunidense la encabeza Joe Biden o Donald Trump, pero mucho más si es éste, tendrá una posición más dura respecto a México que las que hemos vivido: la migración, el fentanilo y la renegociación del Tratado de Libre Comercio son temas torales que no podemos afrontar con una sociedad dividida.
El día de ayer, en la larga fila de más de dos horas que me tocó hacer para votar, recordaba 1994. Hay similitudes: ambiente de crispación y enorme ansia de participación; una decisión estratégica sobre el futuro del país; violencia en aquellos años derivada del levantamiento zapatista y de los secuestros por grupos guerrilleros de prominentes empresarios, en estos años evidentemente por el crimen organizado; división interna en diferentes partidos y en el oficialismo; la sensación de que el país se podía ir de las manos. Hubo una elección en buena medida ejemplar, pero llegaron después meses terribles de violencia, crisis económica y desconcierto, derivadas de la ruptura interna, de la polarización generada desde el propio poder. Las ejemplares elecciones de agosto del 94 derivaron, contra todo pronóstico, en nuevos crímenes y en una crisis económica brutal.
Lo mismo sucede en lo electoral. El avance desde aquel 1994 es notable. Claro que podríamos tener un sistema mejor. Las reformas electorales de 2007 y, sobre todo, la del 2013-14 han sobrerregulado el sistema, lo han hecho complejo, difícil de predecir y de cumplir, con normas un poco, o un mucho, insensatas, le ha dejado a la dirigencia de los partidos el control de las candidaturas, de los recursos y de los spots y queda la ciudadanía como simple espectadora de un juego en el que no puede participar, salvo a la hora de votar.
Nos podríamos ahorrar mucho desgaste como país simplemente exigiéndole a todos, más allá de las pasiones partidarias, que apostaran por aprovechar y respetar las instituciones y las oportunidades que tenemos como nación. Nadie quiere que 2024 termine como otro 1994. Han pasado 30 años, la división y la violencia generaron aquella crisis: aprendamos de la historia para no repetirla.
