La antipolítica

Aprincipios de la década de los ochenta, 
el fundamentalismo conservador ha tenido como uno de sus principales adversarios al Estado. Décadas después, los nuevos conservadores tienen al Estado y a la política como 
sus principales enemigos a vencer. 

La política es importante, aunque a muchos no les importe, porque la política condiciona toda nuestra vida y nuestra convivencia. 

La ciudad perversa nos enarcela, nos hace poco o nada libres; y la mala política, que obviamente incluye la política económica, nos empobrece.

Giovanni Sartori, Homo Vidensa

Aquel formidable ataque contra el Estado propició una era de empobrecimiento —en grados extremos— de la gran mayoría de las personas en casi todos los países, especialmente en aquellos más débiles y frágiles desde el punto de vista económico y de desarrollo ciudadano y democrático. Debilitar al Estado significa debilitar a la comunidad política en cualquier nación y ello lleva, implícitamente, el fortalecimiento de los grandes grupos económicos privados. Éste ha sido el propósito y el sentido de lo que podríamos identificar como la antipolítica, la misma que durante décadas dominó en el mundo y que durante esos años fue personalizada en liderazgos como los de Reagan, Fujimori, Menem, Fox, entre otros muchos.

Estos personajes han perdido hegemonía en sus países y en la escena internacional, pero la antipolítica no desapareció y, en sentido contrario, ha adquirido nuevos bríos, para que ahora, en la segunda década del siglo XXI, adopte nuevas formas y se represente por nuevos personajes.

La antipolítica del tiempo actual no pregona la globalidad, sino que, en sentido diferente, alienta los nacionalismos xenófobos y exclusionistas. Esto sucede así en causa de que la pobreza y desigualdad que agrede a la gran mayoría de la población en el mundo y que, a su vez, es resultado de las políticas neoliberales, es precisamente el caldo de cultivo en donde se reproduce la antipolítica, representada ahora por movimientos populares de corte conservador y de derecha. La señora Le Pen, por ejemplo, conformó su discurso en nombre de los franceses irritados contra los inmigrantes; construyó su propuesta en el nombre de los empobrecidos por la globalidad; enarboló propuestas que, esencialmente, repudiaban, rechazaban a las instituciones del Estado republicano. La archiconservadora Le Pen encarnó a la antipolítica y lo hizo en el nombre del pueblo, de los pobres, de los más inconformes por los abusos.

El enojo, la irritación de los grandes núcleos sociales está propiciando el surgimiento de liderazgos populistas de derecha y que son, precisamente, los que culpan a la democracia, a la política, al sistema representativo, al régimen de partidos y a los políticos de todas las desgracias y de todos los males que padecen los países. Éste es el discurso simplista, demagógico, falso con el que se identifican los liderazgos populistas conservadores.

Y entonces, como lo podemos observar en nuestro país, la gente pone sólo atención en la denuncia, en la descalificación; se enfoca hacia el castigo y la venganza, y olvida y hasta menosprecia lo que debieran ser las propuestas verdaderas, reales, tangibles que eviten, precisamente, el ultraje, el abuso, la corrupción. La gente iracunda, impaciente, encuentra en esos liderazgos mesiánicos la respuesta ante el statu quo de desigualdad, abuso e injusticia. Pero esos personajes intolerantes y autoritarios —así se ha evidenciado a lo largo de la historia— no son alternativa ni son respuesta a los grandes y complejos problemas por los que pasan las sociedades y las naciones

Los liderazgos de la antipolítica suelen apoyarse en la ignorancia, el resentimiento y la desesperación que, especialmente, influye en momentos de crisis en las grandes masas de la población. Eso se convierte en una tremenda concesión al atraso. En el balance último, los populismos conservadores sólo conducen al deterioro de las condiciones de vida y a la pérdida de las libertades.

En sentido diferente, quienes pensamos que la democracia es la herramienta fundamental para contribuir a la transformación del país, debemos reivindicar a la política; reivindicar al diálogo y a la convivencia civilizada. La política es, sobre todo, posibilidad de transformación social y de esa manera debiera ser comprendida por aquellos que son fundamentales en la toma de las decisiones. No sucede así y, por el contrario, lo que prevalece es el aliento al odio y a la violencia.

Nadie que se asuma partidario del progreso debiera hacer del debilitamiento del Estado, de la descalificación de la política, su causa, pues ello sólo les hace los nuevos tontos útiles de los oligarcas de la economía y de los totalitarios de la antipolítica.

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