¡Nuestra primera vez!
La inercia de los estereotipos se impone, como antes de cada contienda, los agoreros difunden su predicción y anuncian, de nueva cuenta —como cada tres años—, la desaparición del PRD. Paradójicamente, en el PRD no hay contienda (ni siquiera escarceos)
entre los aspirantes ya conocidos y, sin embargo, nuestro partido está siendo ubicado, por la prensa especializada, como espacio de una disputa por la candidatura presidencial ¡Deseable, digo yo, que hubiera esa contienda!
Pero los augurios de nuestras desgracias tienen explicaciones. La primera: mientras AMLO lleva años en campaña, hasta hoy, ninguno de los aspirantes perredistas se decide a enfrentar la contienda con determinación. Pero, además, apenas, en las próximas semanas, el Consejo Nacional del PRD se reunirá para resolver, precisamente, sobre la estrategia hacia el 2018.
El signo a destacar en el trabajo político de los aspirantes perredistas o neoperredistas es la indefinición acerca de su candidatura. La vaguedad con la que nuestros aspirantes tratan este asunto contrasta con la soltura, desparpajo y hasta descaro con que AMLO y otros aspirantes de otros partidos desarrollan sus respectivas campañas presidenciales. Esta actitud contrastante propicia, ciertamente, desconcierto e incertidumbre entre un buen número de perredistas.
Pero en descargo del PRD, hay que decir que la elección de un candidato presidencial es una experiencia por la que nunca había pasado el perredismo. Nunca antes en nuestra existencia como partido nos habíamos encontrado en un proceso electivo de candidato presidencial ¡Así es, aunque usted no lo crea!
Vea esto: la última elección para elegir a un candidato presidencial en la que hayan participado algunos ciudadanos perredistas (los de mayor edad) fue en los primeros meses de 1988, en el seno del Partido Mexicano Socialista (PMS), el precedente último que dio origen al PRD. Los contendientes fueron Antonio Becerra, chihuahuense, profesor, comunista; José Hernández Delgadillo, artista plástico, militante revolucionario; Eraclio Zepeda, chiapaneco, escritor, poeta y comunista, y Heberto Castillo, veracruzano, ingeniero, profesor universitario y dirigente político.
En ésa, la última elección interna de la izquierda para elegir a un candidato presidencial, resultó ganador Heberto Castillo y por ello fue nombrado candidato presidencial por el PMS.
Heberto, como es harto conocido, generosamente declinó su candidatura ante el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano para que este último fuese, exitosamente, el abanderado del Frente Democrático Nacional (FDN) en los comicios de 1988.
Unos meses después, en mayo de 1989, nació el PRD y, desde entonces, sin necesidad de elecciones internas, sin obligación de elecciones primarias, siempre hemos definido a un candidato presidencial. En 1988, 1994 y 2000 lo fue el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. En el 2006 y 2012, Andrés Manuel López Obrador.
Esto es: ¡En cinco elecciones presidenciales y en casi 30 años de existencia, el PRD ha contendido con dos candidatos presidenciales!
Así fueron tomadas decisiones importantes en circunstancias políticas específicas y, desde luego, habrá que continuar en el análisis serio, ponderado, razonado de esta parte de la historia del país. Pero esas circunstancias explican, en parte, la realidad actual del PRD; con sus virtudes, aciertos, errores, dificultades y problemas.
Por ejemplo: los perredistas nos hemos acostumbrado a elegir en urnas al presidente del partido, a todos los demás dirigentes, a los presidentes estatales, municipales y hasta a los presidentes del comité de base, pero, paradójicamente, nunca hemos elegido en urnas a nuestro candidato presidencial.
Por ello no es nimio ni superficial el que en los primeros meses de 2018 —de no suceder otra cosa— los perredistas, ¡por primera ocasión en nuestra historia!, iremos a las urnas para elegir en primarias a quien será nuestro candidato presidencial para las elecciones del próximo año. ¡Nuestra primera vez!
Esto también explica que este asunto de la democracia aún no se ha plenamente adoptado en nuestro partido y, en sentido diferente, se le considere como un procedimiento complejo, engorroso y problemático. Algunos perredistas que se precian de demócratas ya decidieron —antes de que se realice nuestra elección primaria— quién será su candidato presidencial. Otros dirigentes del más alto nivel opinan que el PRD debiera ser práctico y ahorrarse eso de las elecciones debido a que son fuente de conflicto. Eso de elegir democráticamente no es algo útil en la realpolitik, nos dicen. Es mejor, nos reiteran, hacerle como en Morena, como en el PRI o en el PAN, es decir: autonombrarse candidato presidencial, ser designado por dedazo o ser nombrado por un pequeño grupo de notables.
Una elección primaria nos significará mayor trabajo. Será —quizás— problemático. Hasta conflictos puede acarrear. Pero aun así, elegir democráticamente a nuestro candidato presidencial será símbolo del proyecto progresista que enarbolamos.
Twitter: @jesusortegam
