Incertidumbre
López Obrador contará en la Cámara de Diputados con 302 de los 500 representantes, una cifra suficiente para aprobar el presupuesto y leyes diversas

Ivonne Melgar
Retrovisor
La incertidumbre se instaló como signo de una transición marcada por la advertencia de su principal protagonista: “Cambio es cambio”.
Y justamente por esa oferta, la de una transformación de raíz, Andrés Manuel López Obrador ganó con 30 millones de votos.
Pero una cosa es la apuesta electoral de desterrar nuestros males y otra es la ruda realidad de repartir los costos del cambio.
Porque mientras en la arenga de la campaña sonaba emocionante la promesa de ir contra los privilegios de “la mafia del poder”, en la vida cotidiana resulta terrible saber que a tu primo, hermano, padre, esposa, hijo, vecina o amigo le tocará la tijera del recorte, sea de su cargo o de su salario, por el hecho de pertenecer a la desdeñada burocracia.
Menos concreta, pero no por ello menos preocupante, es la medida del control presidencial sobre la comunicación de la administración pública central.
Porque es deseable el fin de la compra de publicidad vestida de información. Pero no para sustituirla por un aparato de propaganda al estilo de los documentales de Demetrio Bilbatúa, que dieron cuenta del quehacer del ejecutivo en los años del presidencialismo sin contrapesos.
He ahí la incertidumbre que tomó vuelo el domingo anterior cuando López Obrador anunció el plan de austeridad y alertó que en su gestión “se va a romper el molde de cómo se hacía la política tradicional”.
Sin prejuzgar sobre el alcance de los moldes rotos, esperamos que éstos hagan referencia al estilo personal de gobernar y no a una personalización del poder gobernante que prescinda de instituciones y minimice los contrapesos legislativos.
Así que esperamos que la iniciativa de reducción de sueldos para funcionarios sea materia de una auténtica operación parlamentaria, al igual que la figura de los súper coordinadores estatales.
“Es que él ganó con el respaldo del 53% del electorado”, reviran en Morena y quienes saben que las mayorías legislativas son para avasallar, aquí y en China.
No les falta razón: López Obrador contará en la Cámara de Diputados con 302 de los 500 representantes: 185 de Morena, 62 del PT y 55 del PES, una cifra suficiente para aprobar el presupuesto y leyes diversas. Si bien desde palacio nacional tendrían que cabildear un poco para concretar la mayoría calificada de 330 diputados que se necesita en cambios constitucionales y en nombramientos de consejeros del INE o del auditor superior.
En el Senado, el futuro gobierno tendrá 70 de los 128 escaños: 55 de Morena, 9 del PES y 6 del PT, cifra mágica en una Cámara que debe aprobar la renegociación del TLCAN, acuerdos internacionales y el despliegue de operativos militares en las entidades. Y únicamente le faltaría conseguir el sí de 14 senadores de oposición para la mayoría calificada que requieren los nombramientos de magistrados, ministros de la Corte, fiscales y del titular de la PGR.
Pero el problema de las aplanadoras legislativas, sean automáticas o pactadas, es que corren el riesgo de ignorar el consenso al que aspira una sociedad plural como la mexicana.
Lo digo porque, más allá de líneas presidenciales, del signo que sean, las cámaras son cajas de resonancia de una diversidad que más temprano que tarde reclama su espacio en la representación política.
Quienes hemos tenido el privilegio periodístico de cubrir las actividades presidenciales y las legislativas, podemos dar fe de cómo las imposiciones de Los Pinos terminan por encontrar su válvula de escape en San Lázaro y en el Senado.
Porque, con o sin mayoría legislativa, siempre aplica lo que alguna vez el presidente Ernesto Zedillo le dijo al entonces dirigente del PAN, Felipe Calderón: “Ser oposición es el cielo, gobernar es el infierno”. Una década más tarde, siendo Presidente, el panista reconoció que el priista había tenido razón.
Porque entre curules y escaños, atestiguamos cómo los legisladores del PRI estaban conscientes de que en las urnas pagarían caro la homologación del IVA fronterizo y el gasolinazo; que los “moches del PAN” eran una prerrogativa de todos los grupos parlamentarios con el visto bueno de la Secretaría de Hacienda; que los excesos de Javier Duarte ahogaban a Veracruz; que el Pacto por México se pudrió por el pacto de impunidad…
Al final, la pluralidad legislativa trasciende las narrativas de la unanimidad presidencial.
Eso aprendimos en el Congreso, donde independientemente del talento político del Presidente en turno, éste necesita de buenos operadores legislativos.
Por eso cuenta, y mucho, que el futuro jefe de la bancada de Morena en el Senado, Ricardo Monreal, sea un parlamentario profesional que sabe del valor del consenso y del costo de las aplanadoras.
Por lo pronto, la incertidumbre manda porque las preguntas están ahí:
¿Será la cuarta transformación de López Obrador una suma de definiciones personales, ajenas al visto bueno del Congreso y aplicadas al margen del consenso con los gobernadores?
¿Es la descalificación a los consejeros del INE, como representantes del PRI, PAN y PRD, como ayer lo señaló, la antesala del escarnio a los legisladores de esos partidos?