Por Marisol Escarcega
Para Ana Laura, luz de mi vida
Los delitos cometidos en contra de las mujeres son los únicos en los que su testimonio no basta. No importa qué tan graves sean: violencia psicológica, vicaria, ácida, económica, física, sexual… feminicidio. Las mujeres requerimos pruebas…y no de cualquier tipo.
Éstas realmente tienen que ser muy contundentes para que la gente y, en especial las autoridades nos crean, aunque hay casos como el de Marisela Escobedo, quien aun consiguiendo todas las pruebas para que su yerno fuera procesado por el feminicidio de su hija Rubí fue liberado. El resultado ya lo conocemos: Marisela fue asesinada en la explanada del Palacio de Gobierno de Chihuahua.
Otro caso es el de La Manada, en España, en donde pese a contar con un video donde claramente se ve la violación tumultuaria perpetrada por cinco hombres a una joven, un juez considero que “sólo veía un ambiente de jolgorio y regocijo”.
O, el caso de Los Porkis, en Veracruz, en el que dos de los cuatro acusados de abusar sexualmente de una menor de edad fueron liberados tras cinco años, pues el delito fue reclasificado de pederastia a “tocamientos impúdicos”.
Incluso, en esta época, contar con fotografías, capturas de pantalla, testigos o videos nos garantiza el acceso a la justicia.
Bajo este contexto, los videos que María Felicia Jiménez Lavie, aun esposa de Víctor Rodríguez, exsecretario de Pemex, dio a conocer para evidenciar la violencia física de la que era sujeta son muy claros. No cabe duda de que fue víctima de violencia familiar (ojo, no intrafamiliar, porque, recuerden: lo privado es público).
Ella misma, en entrevistas, señaló que normalizó las diferentes violencias que sufrió, que dependía económicamente de él y que su agresor le advirtió en reiteradas ocasiones que nadie le creería.
No dijo mentiras. Cuando una mujer alza la voz, señala a su agresor y/o coloca una denuncia, lo primero que hace la gente y las autoridades es poner en duda su testimonio.
Específicamente en este caso, hay videos que respaldan las versión de María Felicia, pero ¿y si no los hubiera?, estaríamos contando otra historia.
Porque, los agresores de mujeres casi nunca actúan en público, ya que como los cobardes que son, lo hacen en privado. Ahí, en casa, donde nadie, excepto la víctima y, quizá l@s hij@s, saben realmente quién es.
Víctor Rodríguez tiene razón, nadie le hubiera creído a María si no existieran esos videos y, aun habiéndolos no tenemos la certeza de que llegue la justicia. Así de desolador es el panorama.
La gente, las autoridades nos piden pruebas, y aun teniéndolas no nos creen. ¿Pruebas? Ya lo he dicho en este espacio, “las mujeres no vamos por la vida esperando que nos ataquen como para sacar el celular y grabar, tomar fotos y conseguir testigos, para que cuando a alguien se le ocurra preguntarnos: ‘¿Dónde están las pruebas?’, enseguida se las mostremos”.
Desde ahí comienza la impunidad, pues cuando nos atrevemos a contar lo que nos pasó nos enfrentamos a un sinnúmero de personas con caras interrogantes que nos cuestionan absolutamente todo: “¿Cuándo pasó?, ¿por qué vienes hasta ahora?, ¿qué hiciste para provocarlo?, ¿estás segura de que así sucedió…?”.
El caso de María nos subraya algo importante, ella lo dijo, tuvo el privilegio de contar con videos y de que su caso llegara, incluso, hasta Presidencia, pero ¿qué pasa con las mujeres de a pie, con ésas que no cuentan con una red de apoyo, con información, con recursos o, con una tribuna tan alta como son las redes sociales o un noticiero para contar su historia?, ¿quién las protege?, ¿cuándo tendrán acceso al sistema de justicia?
Y, por cierto, mientras todo el mundo está ocupado viendo los partidos del Mundial, cada hora se denuncian 27 hechos de violencia familiar en el país. Así de grande es el problema.
