En su toma de posesión, Claudia Sheinbaum nombró a Andrés Manuel López Obrador tres veces. En el primer informe, dos. El martes pasado, ninguna. Los contadores de silencios trabajaron toda la tarde: faltó Andrés Manuel López Beltrán en el patio de Palacio, faltaron Beatriz Gutiérrez Müller y Adán Augusto López. El diagnóstico fue casi unánime: deslinde.
Conviene leerlo al revés. Lo que sigue es más cercanía con el expresidente, con posibilidad de una reaparición pública suya sumada a la defensa de la soberanía. La razón está en el propio informe.
Sheinbaum fijó cuatro principios para tratar con Estados Unidos: soberanía e integridad territorial, responsabilidad compartida, respeto mutuo y cooperación sin subordinación. Y una fórmula que funciona como núcleo estratégico: la soberanía no se negocia, no se entrega, no se comparte. Cerró rechazando divisiones y rompimientos. Al día siguiente, en la mañanera, calificó de absurda la idea de claudistas contra obradoristas.
Ernesto Laclau explicó el mecanismo en La razón populista. Un pueblo se constituye cuando una frontera antagónica externa convierte demandas distintas en una cadena de equivalencias. Mientras el conflicto se ubica adentro, cada diferencia pesa. Cuando la frontera se traza afuera, las diferencias se subordinan a lo compartido. Nombrar a López Obrador el martes habría activado el eje que quieren Washington y a una oposición sin proyecto propio: Palacio contra Palenque. Nombrar la soberanía activa otro, donde el movimiento cabe entero.
Ese desplazamiento reordena los valores del gobierno. A la honestidad y los resultados, marca registrada del obradorismo, Sheinbaum le sumó la responsabilidad. Es el valor de quien recibe una herencia de violencia y una Estrategia de Seguridad Nacional estadunidense que en diciembre de 2025 colocó al hemisferio en primer lugar y revivió la Doctrina Monroe con corolario Trump. Defender a México ordena todo lo demás: combatir la inseguridad, sostener la economía, blindar el territorio. De ahí sale el plan operativo. Profundizar los programas del bienestar, con 42.8 millones de beneficiarios previstos y un presupuesto 2027 sin recortes al gasto social, mediante transferencias líquidas y sin intermediarios. Y una gira por las 32 entidades para llevar el informe al territorio, que es lo más parecido a una precampaña nacional que permite el calendario.
Hay un reto importante en ese diseño. El informe presumió una caída de 51% en homicidios dolosos, y en agosto la percepción de inseguridad fue 59.8 por ciento. Las cifras de incidencia delictiva mejoran y la percepción de inseguridad también, pero a un ritmo mucho más lento. Cuando eso ocurre, el problema no sólo es la gestión, sino también el relato. Y falta la parte incómoda. Albert Hirschman advirtió en Exit, Voice and Loyalty que la lealtad intensa encarece la voz crítica: cuanto más leal es el miembro, más le cuesta señalar la falla. Ahí está el riesgo de esta estrategia. Rubén Rocha Moya acumuló 112 días de crisis, dos licencias y un regreso de 30 horas antes de volver a irse, con una acusación de la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York encima. La Presidenta llegó al informe con 68% de aprobación y con 14% de opiniones favorables en combate a la corrupción. Esa distancia es el pendiente real del sexenio.
La unidad frente a la injerencia extranjera es una decisión estratégica correcta. Se vuelve coartada el día en que sirve para no procesar lo de casa. Sheinbaum tendrá que demostrar que defender a México incluye poner límites adentro, con consecuencias visibles y nombres propios. La soberanía protege al país. La impunidad lo erosiona desde dentro, que es donde suelen empezar las derrotas.
El martes no dijo López Obrador. Dijo soberanía. Y en política, quien elige bien a su adversario elige también a sus aliados.
