Permiso para creer

Gustavo Rivera

Gustavo Rivera

Cinco elementos

Esa noche en el Azteca no había pelota todavía. Había una tormenta, 80 mil almas detenidas por la lluvia y un país que, sin saber qué hacer con la espera, empezó a cantarse a sí mismo. Sonó Juan Gabriel y el estadio entero le respondió desde algún lugar antiguo del pecho. Cuando por fin rodó el balón, México ganó y avanzó, por primera vez desde 1986, en una eliminatoria del mundo. Pero lo que ocurrió esa noche era más viejo y más hondo que el futbol.

Conviene decirlo sin pudor: un pueblo se estaba reconociendo. No en un marcador, sino en una canción que no habla de futbol y que, precisamente por eso, lo dice todo. Hasta que te conocí es un bolero de desamor, de dolor y de despertar, y esa es su exactitud. Una afición educada en la derrota heroica, en el “ya merito”, en el gol ajeno que llega siempre en el minuto 90, no necesitaba un himno de guerra. Cargamos con los penales de Bulgaria, con la volea imposible de Maxi Rodríguez, con el “no era penal”, con siete despedidas seguidas en la misma puerta. Necesitaba una canción capaz de cargar décadas de duelo y devolverlas, en una sola noche, convertidas en catarsis. La letra no menciona a la Selección; la herida, sí.

Y luego está la forma de la esperanza. No dijimos “seremos campeones”. Preguntamos: “¿y si sí?”. Ahí está la elegancia secreta de este país. Es una fe que se sabe fe, una creencia que no se disfraza de certeza. El signo de interrogación es nuestra manera de burlar la superstición y la vergüenza de ilusionarnos: nos permite creer sin quedar en ridículo, esperar sin exponernos del todo. Durante generaciones nos enseñaron a esperar poco, a reírnos de nosotros mismos antes de que lo hicieran los demás, a blindar el corazón con ironía. El “¿y si sí?” es la grieta en esa coraza, la primera vez en mucho tiempo que bajamos la guardia. Creer es, siempre, un acto; y un acto compartido es lo único que de verdad funda una comunidad. Cuando millones hacen la misma pregunta al mismo tiempo, dejan de ser millones y empiezan a ser un nosotros.

No es casual quién eligió esta banda sonora. No la eligió la FIFA ni el palco de los magnates; la eligió la gente, desde abajo, con una frase que nadie tomaba en serio, un video editado en un teléfono y una canción de hace 40 años. Es el México profundo reapropiándose de su propia fiesta, el mismo México por el que una presidenta baja del palco a una silla de plástico para verla entre su gente. La identidad ya no se decreta desde arriba: se cocina abajo, espontánea, terca, popular. Elegir a Juan Gabriel —de Juárez, de origen pobre, hecho a sí mismo, llorado por todos— es elegir un país que no presume, pero que se atreve.

Hay, además, una dignidad política en todo esto. En tiempos de amenazas y de humillaciones que llegan de afuera, de ese poder ajeno que sólo manda mientras se lo concedemos, creer juntos en algo propio es una pequeña soberanía. Es un país decidiendo, por una vez, de qué se permite tener miedo y de qué se permite ilusionarse. No es el nacionalismo de bandera y trompeta; es algo más íntimo: la certeza de que la emoción propia no se importa ni se compra. La alegría, cuando es colectiva y elegida, también es una forma de decir aquí mandamos nosotros.

Sería deshonesto no advertirlo: creer en una pelota no cuesta nada. El “¿y si sí?” que de verdad importa —el de la justicia, el de la igualdad, el de la dignidad ante quien nos presiona— exige que la creencia se vuelva trabajo, y ese partido dura mucho más de 90 minutos. Pero la advertencia no cancela el milagro.

Porque esta noche permítanse la piel chinita. Un país que vuelve a creer en una pelota es un país que recuerda que puede creer en sí mismo. 40 años esperamos para hacer la pregunta sin miedo, y aquí estamos, en casa, con Juan Gabriel atorado en la garganta y el corazón latiendo por adelantado, atreviéndonos por fin a decirlo en voz alta, todos juntos, como quien reza y como quien reta: ¿y si sí?