La alta aprobación de Claudia Sheinbaum es hoy su principal blindaje frente a Donald Trump. Mientras la Presidenta mexicana cerró 2025 con 74% según Enkoll, la aprobación de Trump entra en su segundo año con el termómetro roto: Gallup lo situó en 36% en noviembre de 2025 y Reuters/Ipsos lo midió en 42% a inicios de enero de 2026. En política, la fuerza se mide en votos futuros; y la aprobación es la antesala.
De ahí el ataque recurrente: presentar a México como un país “capturado” por el narco y a su Presidenta como rehén. El objetivo es simple: sembrar duda para que cualquier presión parezca legítima y cualquier negativa parezca complicidad. Y aquí aparece la envidia —los celos, si se prefiere— en su forma más práctica. Cuando Trump tiene 36% y ve que Sheinbaum ronda 70%, la tentación es emparejar el marcador hacia abajo. Trump no necesita derrotarla en México, le basta con erosionar su imagen para negociar desde la sospecha. Pero un detalle: la popularidad de Sheinbaum también le da margen interno para decir no sin quedarse sola. El 85% de aprobación que alcanzó en marzo de 2025 ya advertía que podía amortiguar el golpe de los aranceles, incluso si la economía se resentía.
La intervención reciente de Washington en Venezuela vuelve todo más inquietante. El 5 de enero de 2026 una operación militar de EU culminó con la captura ilegal de Nicolás Maduro y la encuesta Reuters/Ipsos halló que sólo un tercio de los estadunidenses aprueba esa acción, aunque entre republicanos el apoyo es mayoritario. México reaccionó con firmeza: el 6 de enero Sheinbaum condenó el operativo por intervencionista. El mensaje, sin embargo, quedó flotando en el continente: si se pudo allí, alguien querrá intentarlo aquí.
Ese “alguien” ya levanta la voz. El 9 de enero, Trump amenazó con ataques “en tierra” contra cárteles en México, es decir, con intervenir. Y, como si faltara leña, se asoma la revisión del T-MEC el1 de julio de 2026. Con ese calendario el riesgo es evidente: que Trump mezcle seguridad, migración y comercio hasta convertir el tratado en rehén. Se vislumbran al menos tres escenarios.
Primero, escalada verbal con cooperación real, en el que México entregue resultados y EU se atribuya el mérito. Dos, coerción económica en la mesa del T-MEC, con aranceles como látigo. Tres, la tentación de una acción unilateral “quirúrgica”, vendida como cruzada antinarco. En los tres, la aprobación de Sheinbaum es un escudo político: no detiene un arancel, pero sí reduce el pánico interno. Y si EU cometiera el error de realizar una acción unilateral en territorio mexicano, lo más probable es que la aprobación de Sheinbaum regrese a niveles superiores a 80%.
Ahora bien, si esa popularidad es su capital, la pregunta es cómo convertirlo en fuerza y blindaje. Sheinbaum tendría que transformarlo en un frente nacional —gobernadores, Congreso, sectores productivos— capaz de sostener una línea roja simple y entendible: cooperación sí, subordinación no. La mejor respuesta al relato de la “captura” no es el enojo, sino el dato: resultados verificables en seguridad y combate a la corrupción que le quiten oxígeno a la sospecha. Y, ante la revisión del T‑MEC, conviene llegar con agenda propia, recordando sin estridencias una obviedad que en Washington se olvida cuando conviene: EU también depende de México, y su cadena de suministro no se reubica a golpe de discurso. Por eso, en lugar de discutir epítetos, hay que seguir exigiendo reglas; en lugar de regalarle la foto de la pelea —que es el alimento de Trump—, hay que construir la foto de la seriedad. Y hablarle, además, a la otra audiencia: empresarios, gobernadores fronterizos, sindicatos y consumidores estadunidenses que pagan el costo de cada amago. Al final, los tratados no se defienden con bravatas, sino con alianzas.
Porque Trump pelea en televisión y negocia en la sombra. Y Sheinbaum, si quiere ganar esta partida larga, tendrá que hacer lo contrario: negociar de cara a su país y dejar que el ruido se estrelle contra el muro más eficaz de la política contemporánea. No es el nacionalismo de ocasión ni la retórica encendida. Es algo más simple, más difícil y más poderoso: una mayoría histórica que aprueba la manera en la que su presidenta gobierna México, y no los fantasmas que otros inventan para gobernarlo desde fuera.
