Cuando la enfermedad se convierte en botín y el poder se disfraza de coach

Gustavo Adolfo Infante

Gustavo Adolfo Infante

Última palabra

*Fernando Carrillo dejó atrás su carrera artística para defender la causa chavista.

Hay historias que no sólo preocupan, dan miedo. Miedo real. Del que se siente en el estómago cuando algo no cuadra, cuando la lógica se rompe y cuando una persona vulnerable queda rodeada de personajes que no deberían estar ahí. Lo que ocurre alrededor de Yolanda Andrade es una de esas historias que deberían encender todas las alarmas. No es chisme. No es mala leche. Es una serie de hechos que, puestos sobre la mesa, pintan un escenario peligroso, delicado y profundamente sospechoso. Gente cercana a Yolanda —no uno, no dos, varios— asegura que Sergio Araiza

Roldán, su cuñado, le controla el dinero, las decisiones y hasta el uso de su propio automóvil. Repito: controla. No apoya. No acompaña. Controla. Y aquí no estamos hablando de una mujer en plenitud de condiciones, sino de alguien que enfrenta una enfermedad neurodegenerativa, una ELA, que afecta funciones físicas, emocionales y cognitivas. En ese contexto, cualquier figura que concentre poder económico y personal debería ser revisada con lupa. A finales de año vimos un video donde Yolanda aparece hablando “maravillas” de este sujeto. Pero hay un detalle que no se puede ignorar: él está ahí, a su lado, observándola. No hay que ser psiquiatra ni perito para entender que eso anula cualquier discurso de libertad. Nadie habla con absoluta independencia cuando quien manda está sentado junto a ti. Este hombre se presenta como coach de vida, analista financiero, gurú moderno, iluminado de manual. Presume estudios en el ITAM, licenciaturas, maestrías, preparación académica de alto nivel. Yo hice lo que muchos no hacen: verificar. Y ¿saben qué encontré? Nada. Ni rastro. Ni registro. Ni expediente. Cero. Entonces la pregunta es brutal y obligada: ¿Quién demonios es este tipo y por qué tiene acceso total a la vida, el dinero y las decisiones de Yolanda Andrade? Cuando alguien enfermo pierde autonomía financiera, el riesgo es altísimo. Cuando ese control lo ejerce alguien sin preparación comprobable, el riesgo se multiplica. Y cuando, además, se vende como salvador, mentor, guía espiritual o financiero, la palabra correcta ya no es preocupación: es alerta roja. Aquí no se trata de linchar sin pruebas, pero sí de no callar ante lo evidente. Porque el silencio también mata. Porque mirar hacia otro lado cuando alguien vulnerable es rodeado por personajes oscuros es complicidad. Y mientras esto ocurre en el plano personal, el espectáculo vuelve a demostrar que no sabe mantenerse al margen del poder, aunque después finja sorpresa cuando la factura llega. Lo que ocurrió en el programa Pica se extiende, de Telemundo, es el ejemplo perfecto de cómo la farándula se revuelca en la política sin entender el tamaño del monstruo. Dos venezolanos, dos posturas opuestas, un país sangrando de fondo. De un lado, Fernando

Carrillo defendiendo con vehemencia al régimen chavista. Del otro, la cantante Karina gritándole verdades incómodas en la cara. Carrillo llegó a decir —sin pudor, sin autocrítica, sin vergüenza— que él había sido el protagonista más importante de la historia de Venezuela. Karina lo aterrizó de golpe: ya no representa nada, ya no es artista, ya no es símbolo, sólo un vocero de un régimen que ha destrozado a su país. Y ahí está el punto central: cuando el ego se pone al servicio del poder, el talento deja de importar. Así como hoy hay quien presuntamente controla la vida de una mujer enferma bajo el disfraz de “ayuda”, hay quien justifica dictaduras bajo el disfraz de “postura política”. En ambos casos, el resultado es el mismo: abuso de poder. El espectáculo y la política siempre han estado ligados. Pero hay una línea que no se debe cruzar: lucrar con la fragilidad, ya sea de una persona o de una nación. Porque cuando alguien se autoproclama coach, salvador, redentor o héroe, conviene hacerse una sola pregunta: ¿A quién está beneficiando realmente? Y, casi siempre, la respuesta no es la que quieren que creamos.

 

 

 

 

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