Cuando nadie te aplaude

Detrás de cada premio hay algo que pocas veces se dice: también ahí hay soledad, presión, miedo a caer, terror a dejar de ser relevante.

Gustavo A Infante

Gustavo A Infante

Ùltima palabra

Hay momentos en la vida en los que uno entiende que no todo se puede decir con preguntas. Hay historias que se escuchan mejor cuando uno guarda silencio y deja que el otro se rompa sin miedo. Eso es lo que va a pasar este sábado en El minuto que cambió mi destino: Sin censura. No lo digo a la ligera. Será una de esas entrevistas que no se olvidan porque no se actúan.

Paco de la O se sentó frente a mí sin personaje, sin sonrisa de actor, sin la necesidad de quedar bien. A sus 60 años, habló como pocas veces se habla en televisión: con vergüenza, con culpa, con dolor. Me habló de sus adicciones, de cómo creyó que podía controlarlas y terminó siendo controlado por ellas. Me habló de sus fracasos sentimentales, de relaciones rotas que hoy pesan más porque no hubo tiempo para arreglarlas. Y me habló, sobre todo, de la soledad.

Escuchar a un hombre decir “me siento solo” no es sencillo. Menos cuando es alguien que fue famoso, que tuvo aplausos, contratos, reconocimiento. Porque nos han vendido la mentira de que la fama acompaña, de que el éxito protege, de que el reflector calienta. Y no es verdad. Cuando se apagan las luces, la casa se queda en silencio. Nadie aplaude ahí. Paco de la O hoy se sostiene del teatro. De ese escenario que lo obliga a seguir vivo, a levantarse, a memorizar, a sentir que todavía sirve para algo.

El teatro es su ancla, su salvavidas, su última certeza. No lo dijo llorando, pero dolió escucharlo. Porque uno entiende que hay batallas que se ganan en público, pero se pierden en privado.

La entrevista se transmite este sábado a las ocho de la noche por Imagen Televisión, canal 3.1. No es para juzgarlo. Es para entenderlo. Para recordar que detrás del actor hay un ser humano que también se equivoca y que también paga las consecuencias.

 

LA SALUD DE YOLANDA ANDRADE

Y hablando de silencios que duelen, el caso de Yolanda Andrade me tiene, lo digo con toda honestidad, profundamente inquieto. Yolanda reapareció para decir que está bien, que está cuidada, que está protegida por su hermana y por quien ella llama su cuñado.

Lo dijo con firmeza, como queriendo cerrar una historia que se ha vuelto incómoda. Yo quiero creerle. De verdad. Porque Yolanda no es cualquier persona para mí. La conozco desde hace años, he convivido con ella, sé quién es. O quién era. Y quizá eso es lo que más me preocupa. Porque la Yolanda que yo conocí era libre, irreverente, independiente, dueña absoluta de su vida y de sus decisiones. Hoy la veo distinta. Más frágil. Más callada. Más contenida.

Si ella quiere que su versión sea la única, yo doy un paso atrás. Me retiro del tema. Pero no puedo apagar mi preocupación. Porque cuando alguien deja de decidir por sí mismo, cuando su autonomía se vuelve difusa, cuando todo parece pasar por filtros ajenos, el silencio no tranquiliza. Al contrario. Alarma.

Ojalá, de corazón, el tiempo nos demuestre que Yolanda está realmente bien. No sólo cuidada, sino también libre. No sólo acompañada, sino además, plena. Porque estar bien no es solamente respirar, es también poder decidir.

 

GLOBOS DE ORO POR IMAGEN TV

Y mientras estas historias humanas nos sacuden, este domingo se celebran los Globos de Oro. Una noche de gala, de discursos, de vestidos espectaculares y sonrisas perfectas. Los podrán ver por Imagen Televisión. Pero detrás de cada premio hay algo que pocas veces se dice: también ahí hay soledad, presión, miedo a caer, terror a dejar de ser relevante. Todo se conecta.

El actor que se siente solo. La mujer que preocupa. La industria que premia mientras consume. Al final, la fama no salva a nadie. El aplauso no cura. Y el éxito no garantiza felicidad. Cuando nadie te aplaude, cuando se cierran las puertas y se apagan las luces, sólo queda una cosa: la verdad. Y ésa, tarde o temprano, siempre sale.

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