Regateo

La votación es sólo parte del proceso y que no debe llamarse a quedarse callado a quien tenga, en derecho, la posibilidad de inconformarse.

El triunfo de la oficialista no es muy distinto a aquel maratón que corrió Roberto Madrazo, en el que llegó por un muy reprochable atajo, ella contó con un Presidente matraquero a su disposición. El abominable uso de recursos públicos a lo largo del sexenio, sumado a un reguero de sangre por todo el país, con el que se ajustaron preferencias electorales, es olvidado hoy por quienes dicen que hay que saber perder. La electa sólo comenzó la carrera un par de años antes que sus competidores, y nada se le negó ni los espectaculares ni los camiones, muchos menos los lonches y los moches. A propios y extraños, les queda claro que la actuación torpe, lenta y sumisa del INE resulta una indeleble mácula que hace imposible extender un reconocimiento franco y serio.

Los empresarios fueron llamados, uno a uno, para ser conminados a una doble misión, no dar a la oposición, pero apoyar ilimitadamente a los de casa.

A diferencia de los operadores financieros, los que le hacen la chamba política supieron anticiparse, poniendo en el banquillo a algunos de los “encumbrados comunicadores”, a quienes se les hizo una oferta a la que no se podían rehusar. De resultar ganadora la de casa, tendrían que aplaudir frenéticamente exagerando el resultado, diciendo que el acudir a los medios de defensa que prevé la ley resulta antidemocrático.

Listar los nombres es innecesario, basta ver cómo al día siguiente dijeron que, mientras que por la gobiernista votaron cinco de cada 10, por la oposición sólo votaron cuatro, eso, dijeron ellos, es una madriza, un avasallador e inobjetable triunfo, olvidando que la votación es sólo parte del proceso y que no debe llamarse a quedarse callado a quien tenga, en derecho, la posibilidad de inconformarse.

Sí, usted sabe quiénes son, ésos que la semana anterior reproducían grabaciones de los cercanos al poder, ésos que hacían un detalle pormenorizado de los actos de corrupción registrados en este sexenio, sí, los que volvieron la nota roja parte sustantiva de su transmisión, y que hoy, sólo tienen loas para la más grande farsa electoral desde Porfirio Díaz. Es claro que vieron en la invitación la oportunidad de regresar al viejo régimen en el que se hacía compra de “publicidad” y sobraban los apoyos provenientes del presupuesto. Y, claro, tienen dueños, a los que les atrae el poder rescatar algo de la naufragada campaña que emprendieron hace un año. Para los potentados, la trozada lengua de sus voceros resulta poco precio, si así se recupera el subsidio.

Hay que sopesar con quién se midió el partido en el poder. Dirigentes que no dirigen nada y con panistas que se quedaron congelados en el tiempo, y que terquean, hasta obtener cada vez más malos resultados. A los de siempre, les ofrecen, como a Zavala, una candidatura donde es imposible perder, pero, saben ellos y los electores, que seguirán haciendo exactamente lo mismo, nada. Es obligado, además, recordar que hay más priistas en Morena que en el nuevo PRI.

De forma que alguien tendrá que decirles a los que ya quieren volver al redil y estar bien con la silla presidencial, que hay mucho que regatear, que el aparato electoral mexicano está claramente amañado, desde la forma en que se reportan las actas, hasta en la que éstas se capturan. Consultar al respecto a quienes fueran funcionarios del INE, es como preguntar a López de Santa Anna sobre la venta del territorio nacional.

Simple y sencillamente pasó lo que ha sucedido hace más de un siglo, desde el poder se decide a quien se entrega el poder. El resultado de la elección presidencial permanecerá intocado, pero es vergonzosa la forma en que algunos dieron una machincuepa para ahora decir que no hay que regatear, que no hay que objetar, que ha sido una campaña limpia, transparente y respetuosa de la ley. No, lamentablemente, hay mucho que reprochar.

Sólo en espacios libres como éste, se puede seguir siendo quien uno fuera antes de la elección, decir lo que se piensa, sin testerear el bolsillo.

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