Santos Balmori: maestro de maestros

Esa manera de interpretar el mundo tal vez tuvo su origen en su época en la Real Academia de San Fernando, en Madrid, donde fue condiscípulo de Dalí.

Del pintor y escultor Juan Soriano (1920-2006) se han escrito espléndidos ensayos. Acaso su mayor homenaje sea la alegría de los niños que juegan en La luna, el bronce monumental ubicado en la entrada del Auditorio Nacional. Luis Nishizawa (1918-2014) tiene su peso en la historia del arte nacional, pero sus tintas sobre papel y sus dibujos al temple en gran formato son objeto de celebración unánime. Rodolfo Nieto (1936-1985), a su vez, colaboró a crear las bases de la llamada “escuela oaxaqueña”, muy cotizada allende nuestras fronteras.

¿Qué tienen en común Soriano, Nishizawa, Nieto y un puñado de maestros más de la plástica mexicana? Que todos estudiaron con Santos Balmori. ¿Por qué viene a colación ese hecho? Porque mañana concluye la exposición Santos Balmori (1898-1992): La huella indeleble, en el Museo Nacional de Arte, revisión de un artista que cruzó el siglo XX desde diversos frentes.

El exilio español que cobijó el gobierno de Lázaro Cárdenas le debe un agradecimiento especial a Santos Balmori, que encabezó un comité de auxilio del que finalmente surgiera el proyecto de los Niños de Morelia, cerca de 500 hijos de republicanos españoles formados en la Escuela Industrial España-México, en la capital de Michoacán, coordinada por Balmori.

De este sorprendente y quizás olvidado gesto del maestro, la exhibición en el Munal contiene evidencia documental que podría nutrir, desde una perspectiva pedagógica, los estudios sobre la época. Como Balmori rechazó dirigir la mencionada escuela, el general Cárdenas le ordenó: “De acuerdo, usted no va ser director, pero me va a controlar esta escuela, incluso va a controlar al director que ponga” (Remembranzas, silencios y charlas con Santos Balmori, Difusión Cultural UNAM, 2003).

Evidentemente, la exhibición del Munal da cuenta de la vasta producción de Balmori y sus diversas etapas. En ese sentido, a través de las piezas menores se aprecia el quehacer histórico de los artistas plásticos en los ámbitos de la publicidad, la propaganda institucional y el mundo editorial, en especial en el de las revistas y demás publicaciones periódicas, oficio o profesión hoy resuelta con diseñadores gráficos que, si bien dominan los más recientes programas informáticos, carecen de ese feeling que supone el simple trazo sobre una hoja de papel o la pincelada al natural ante cualquier soporte, ya un lienzo, ya una pared.

Por lo demás, todo el discurso visual de Santos Balmori constituye un ejercicio de imparable inquietud creativa. Un dibujo lleva a un cartel a una ilustración a un lienzo a unos objetos con volumen colgados cuales cuadros o dispuestos en el piso sin que necesariamente se les catalogue como “esculturas”. Su talante ante la Guerra Civil española y sus múltiples comisiones, entre las que destaca su incursión en las artes escénicas, revelan a un artista con alta sensibilidad compositiva. Asimismo, su obra erótica o su última exploración abstracta muestran la brillantez y el desdoblamiento de un ejecutante que nos conduce, por estas piezas, a una amplia concepción de las artes plásticas.

Esa manera de interpretar el mundo tal vez tuvo su origen en su época en la Real Academia de San Fernando, en Madrid, donde fue condiscípulo de Dalí, talentoso como pocos, pero un tormento como persona, contó el propio Santos. En aquellos meses asistió a una peña en la que trató a Federico García Lorca, León Felipe y Rafael Alberti, entre otros destacados intelectuales que influyeron en su casta política.

La mejor interpretación de Santos Balmori la dio él mismo en las primeras líneas de su libro académico Áurea mesura, la composición en las artes plásticas, cuya primera edición en la UNAM data de 1978. Ahí, en la dedicatoria se lee: “A mis alumnos, de quienes tanto he aprendido”.

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