En el marco futbolero, la activista iraní Masih Alinejad lanzó un dardo: cuando un occidental visita Irán, el régimen le exige respetar sus reglas. Las mujeres deben cubrirse el cabello, el protocolo se impone y no hay margen para negociar. Sin embargo, sostiene Alinejad, cuando representantes de ese mismo régimen viajan a Occidente esperan que sean los demás quienes adapten sus costumbres: cubrir estatuas, retirar el vino de las mesas o modificar ceremonias para evitar incomodar sensibilidades religiosas.
Su planteamiento es simple. Si cada país exige respeto a sus normas dentro de su territorio, ¿por qué una democracia habría de renunciar a las propias para satisfacer las exigencias de un gobierno que no ofrece el mismo trato?
El argumento resulta discutible. Sin embargo, mientras ese asunto ocupaba espacios en medios internacionales, otra escena ocurría a pocos kilómetros de la frontera entre México y Estados Unidos.
La selección iraní fue recibida en Tijuana con afecto, hospitalidad y entusiasmo. Aficionados esperando al equipo, mensajes de bienvenida y una ciudad que hizo sentir cómodos a futbolistas obligados a establecer su concentración en territorio mexicano debido a las restricciones impuestas por Estados Unidos para limitar su permanencia en ese país durante el Mundial.
Tijuana adquirió, por algunos días, el estatus de “país neutral”. La Suiza de California. ¿Contradicción? En realidad, no. Ocurrió que la gente se separó del régimen. Estados Unidos tomó una decisión de política exterior y seguridad. México, o quizás mejor dicho, los tijuanenses, respondieron desde el sentimiento.
Nadie recibió al equipo iraní como una delegación de la República Islámica. Nadie salió a respaldar la policía moral, las restricciones a las libertades de las mujeres o la persecución de opositores. Se recibió a futbolistas. A personas.
Desde hace años, Alinejad insiste en que una cosa es el pueblo iraní y otra el régimen que lo gobierna. Ella misma representa a millones de iraníes que han huido por disentir del poder. Su crítica no está dirigida contra su país, sino contra quienes lo controlan. Ella misma, recluida en Brooklyn desde 2014, donde tiene protección del FBI por recibir amenazas de muerte, señaló que en la Unión Americana hizo lo que tenía prohibido en el lugar donde nació: ir a un estadio a ver un partido de futbol.
El recibimiento en Tijuana dibuja esa lógica. La hospitalidad mexicana complementa el mensaje de Alinejad. Una sociedad democrática puede mantener una postura firme frente a un gobierno autoritario sin dejar de tratar con dignidad a las personas que nacieron bajo esa administración. Los deportistas no son cancilleres. Los ciudadanos no firman decretos. Los pueblos no son sus regímenes.
La geopolítica suele operar con sanciones, restricciones y equilibrios de poder. Las sociedades, en cambio, conservan la posibilidad de practicar algo tan elemental como la cortesía. Al final del día, hay principios. Pero también hay escrúpulos.
Las democracias se distinguen precisamente porque son capaces de diferenciar entre un régimen y las personas que viven bajo él. Eso aplica a Irán, en el caso que hoy nos atañe en este espacio. Pero, con seriedad, con Mundial o sin él, podría hablarse de Rusia, Cuba, Venezuela, China… Estados Unidos.
CAJA NEGRA
Buena suerte para la Selección Mexicana. La va a necesitar. De entrada resulta maravilloso que se juegue un gran partido en el estadio en el que se consagraron Pelé y Maradona como figuras globales definitivas, y que el rival sea Inglaterra, esa isla lluviosa, fría, pero fantástica, donde se inventó el futbol.
