Correr hacia la muerte

La noche del martes se escucharon de entre la multitud gritos de desesperación:

—¡Espérense! Hay gente en el suelo. ¡Espérense! Hay gente en el suelo—, alertaba una voz.

—¡Espérense! Hay gente tirada, no mamen—, secundaba una joven en medio del caos.

“Tenía mucho miedo. Me quedaba sin aire. Y me dije: ‘No voy a regresar a mi casa ni siquiera voy a salir de aquí…, si te caes te vas a morir aquí aplastada’”, relata Lesli Arredondo, reportera del periódico Esto, quien cubría los festejos por el triunfo de la Selección Mexicana de futbol frente a Ecuador, en las inmediaciones del Ángel de la Independencia.

A unos metros, la presión de la masa humana rompió los límites físicos. “Fueron menos de 10 minutos, pero para nosotros se hicieron eternos. Empecé a sentir cómo el vidrio de mi espalda se empezaba a vencer poco a poco. Yo decía: ‘El vidrio se va a reventar, dejen de empujar, hagan espacio’, y a la gente no le importó y sucedió el cristalazo, relata Arturo Méndez, reportero y compañero de Lesli. Él fue testigo de cómo colapsó el ventanal de un establecimiento de café de la zona, cuyas puntas de vidrio se convirtieron en navajas.

Rodrigo Cerezo, reportero de 24 Horas, terminó en el pavimento, atrapado bajo el peso de otros cuerpos mientras el aire abandonaba sus pulmones. Convencido de que no sobreviviría envió un audio de despedida a su familia.

El balance final de una noche de celebración nacional terminó con tres personas muertas por asfixia traumática y uno por paro cardiorrespiratorio. El espacio público, concebido para el encuentro, se transformó en una trampa mortal provocada por los propios asistentes.

No se trata de un hecho aislado, sino de un síntoma reiterado de una sociedad que parece correr de forma voluntaria hacia el peligro y la autodestrucción. La memoria histórica remite a lo ocurrido el 18 de enero de 2019 en San Primitivo, municipio de Tlahuelilpan, Hidalgo.

En aquella ocasión, una fuga de combustible por una toma clandestina atrajo a cientos de personas que acudieron con recipientes para recolectar gasolina. El desenlace, provocado por una explosión, dejó 137 fallecidos. Los videos mostraron entonces a familias enteras corriendo hacia el hidrocarburo, ignorando el riesgo evidente en aras de un beneficio inmediato.

El martes pasado, en Paseo de la Reforma, la irracionalidad colectiva volvió a operar bajo la lógica del reto digital y la descarga de adrenalina. Las grabaciones difundidas en redes sociales documentan conductas que desafían la supervivencia básica. Vimos el fenómeno denominado “quiere volar”, donde niños, adolescentes y mujeres eran lanzados al aire por la multitud; uno de los videos muestra el momento en que una joven impacta directamente contra el suelo. 

En otro punto de la concentración, la dinámica del “nadaremos, nadaremos” consistió en empujarse en masa sin control alguno, con el único objetivo de experimentar la presión corporal del grupo. El resultado fue la asfixia de las tres víctimas. 

El inventario de riesgos incluyó dinámicas como introducir la cabeza en la tina de algodón de azúcar con mecheros encendidos y granos de azúcar en plena combustión, o lanzarse desde los techos de los parabús con la expectativa de ser recibidos por la multitud abajo. En uno de los videos se observa a un joven cuyo intento concluyó con un impacto en la nuca contra el filo de la banqueta. 

La conducta se repitió en Querétaro, donde un aficionado cayó desde lo alto de un semáforo en la calzada Los Arcos tras perder el equilibrio durante las concentraciones.

La violencia física también se manifestó en Cabo San Lucas, Baja California Sur. Ahí, un grupo de aficionados rodeó y comenzó a sacudir un vehículo particular. El conductor, en un intento por avanzar y resguardar a su familia, aceleró y arrolló a 17 personas. La multitud enardecida le propinó una golpiza que le causó la muerte.

Ante estos escenarios, la actuación de las autoridades se limita a la reactividad. Los esquemas de control de multitudes brillaron por su ausencia. El diseño de operativos de seguridad pública demanda variables técnicas básicas, como el cálculo preciso de aforos, el establecimiento de rutas de descompresión y el monitoreo de la densidad humana en tiempo real. 

En Paseo de la Reforma, la instalación de pantallas gigantes funcionó como una convocatoria formal a la aglomeración en un punto saturado. No se aprendió la lección y se instalarán más pantallas para hoy.

Sin embargo, la responsabilidad del Estado no exime a la sociedad civil ni a los núcleos familiares. Las plataformas digitales muestran la degradación del sentido de preservación, Los organizadores y participantes de dinámicas como el “nadaremos” operaron con una ausencia total de previsión sobre las consecuencias de sus actos.

El contraste a la euforia irracional está en los videos virales de Don Memo y Morita, que muestran una realidad distinta: un niño que cumple con las responsabilidades escolares y formativas propias de su edad, guiado por una figura paterna que orienta, pone límites y acompaña el desarrollo.

Este domingo, después del partido de Inglaterra contra la Selección Mexicana —que enorgullece—, ¿qué harán los aficionados? ¿Volverán a exponerse a dinámicas virales donde la validación del grupo se obtiene a través del cortejo con la muerte? Deseo que no sea así.