Escuchar el silencio
El silencio debería ser herramienta de la razón o del entendimiento, no solo porque enriquece la comunicación sino también y sobre todo porque ayuda a comprender e interpretar la existencia misma. Estamos inmersos en una atmósfera artificial de ruidos, ciertamente, ...
El silencio debería ser herramienta de la razón o del entendimiento, no solo porque enriquece la comunicación sino también y sobre todo porque ayuda a comprender e interpretar la existencia misma.
Estamos inmersos en una atmósfera artificial de ruidos, ciertamente, pero por usos y costumbres, por deformaciones educativas o simplemente por ignorancia, resulta que no sabemos escuchar el silencio.
Se atribuye al compositor Ludwig Van Beethoven la sentencia: “nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo”. Tenía razón el compositor vienés y por eso la música suya adquiere relevancia cuando comprendemos que la sordera no le impidió la creación de obras excelsas. Pero, ¿qué es el silencio?
Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo”.
La palabra está atiborrada de acepciones y de acuerdo a cada cultura adquiere valores específicos, aunque también se singulariza en la experiencia personal. El antropólogo David Le Breton ha sido muy enfático al advertir que “el silencio es un componente de la comunicación”, partiendo del hecho irrefutable de que “silencio y palabra no son contrarios” porque solo en su conjugación es que aparece el discurso.
Silencio y palabra no son contrarios”
Un ámbito personal desde donde se articulan palabras que incluso pueden sorprender al que las pronuncia.
En un maravilloso ensayo titulado precisamente “El Silencio”, Le Breton asegura que toda palabra viene precedida de una voz silenciosa y nos remite a la interioridad del individuo, a “ese mundo caótico y silencioso que nunca se calla, rebosante de imágenes, deseos, temores, con pequeñas y grandes emociones”. Un ámbito personal desde donde se articulan palabras que incluso pueden sorprender al que las pronuncia.
El también sociólogo francés, sin embargo, deja muy claro que además de constituir una expresión del sonido, el silencio es también cierta modalidad del significado lo cual explicaría por qué en ocasiones su sensación resulta mayor. Y esto, aclara el autor, se debe más al efecto de una interpretación subjetiva del ámbito en el que el silencio se manifiesta, que a la rigurosidad de los hechos que describe o proyecta.
Es necesario acotar que el silencio en su extensión así como en sus lecturas es un elemento que solo percibimos los humanos tanto en nuestras relaciones sociales, como frente a paisajes, ante la mirada escrupulosa de la vida vegetal, en el seguimiento del comportamiento animal e incluso ante la vastedad del firmamento. Por todo eso está en nuestras manos dimensionar los usos y aplicaciones que puede ofrecernos.
Y uno de esos recursos lo constituye la posibilidad de usar el silencio como vórtice para escuchar mensajes que con frecuencia se diluyen en el caos generado por la vida cotidiana, incrementado con los altos decibeles en los que nos comunicamos y ahora atrofiado ante la desenfrenada saturación de espacios, palabras, ideas e imágenes que el uso de las redes sociales genera, así como por el estridentismo con el que muchos empujan sus luchas o reivindicaciones políticas.
Atender el silencio permite prestar atención a todo aquello que no escuchamos ni sabemos que existe.
Escuchar el silencio, en consecuencia, no significa que va a percibirse la nada, porque la nada tampoco existe. Atender el silencio permite prestar atención a todo aquello que no escuchamos ni sabemos que existe. Y puede hacerse si nos regalamos la experiencia de oír los silencios de quienes nos rodean, porque detrás de cada afonía social se guardan muchas realidades, entre las que sin duda destacan situaciones de dolor e impotencia ante contextos de injusticia, de impunidad, de inseguridad, de desconfianza y sobre todo de pesimismo.
Guardar silencio y dejar que se manifiesten las demás voces, tanto verbales como escritas o visuales, constituye una formidable oportunidad para reflexionar el potencial que tiene en los procesos comunicativos ante el imperativo de aprender a escuchar el silencio de los demás.
Y no es que haya contenidos indecibles. La verdad es que al paso del tiempo se han construido barreras que nos dividen; porque una sociedad también está cercenada entre quienes podemos expresarnos y quienes no pueden hacerlo.
Escuchar el silencio no es otra cosa que un ejercicio inteligente para explorar las voces que se manifiestan con baja intensidad. Si quien habla mucho deja de hacerlo, quien habla menos va a ser atendido. Y si éste también deja de manifestarse, quien habla todavía menos puede decir “aquí estoy”. Siguiendo este supuesto, si también se reserva dicha persona, pueden aparecer al final aquellas voces que nunca se expresan. Aquellas que habitan un silencio no elegido y en consecuencia adverso.
Escuchar el silencio es, a final de cuentas, atender a quien está enmudecido y aturdido por una asimétrica existencia social que le excluye del desarrollo y sus beneficios, incluida la calidad de vida. Porque si la voz se calla puede callarse el cuerpo entero.
Referencia
- Le Breton, David. “El silencio”. Traducción de Agustín Temes. Ed. Sequitur, 2006, Madrid.
@LuisManuelArell
