Morena, PAN y PRI luchan contra ellos mismos rumbo a 2027

ORACIONES A SAN LÁZARO

En la política mexicana no hay vacaciones, solo treguas disfrazadas. Y el calendario avanza hacia 2027, lo que se está gestando no solo es una elección: es una reconfiguración silenciosa del poder en los estados y al interior de los principales partidos políticos, donde sus principales adversarios están entre sus filas y, en el caso de Morena, también con sus aliados.

Morena, PRI y PAN no compiten únicamente contra adversarios; compiten contra sus propias fracturas internas, que ya dejaron de ser grietas para convertirse en fisuras estructurales. Y MC, bueno, coqueteando con que se ponga más guapo.

Habrá que agregar la sospecha siempre presente de influencia de grupos fácticos económicos, políticos y, por supuesto, del crimen organizado.

Morena sigue a la cabeza. Con excepción de Sinaloa, donde la preferencia por el Movimiento de Regeneración Nacional cayó 12 %, en el resto del país, según las más recientes encuestas, el impacto del escándalo de Rubén Rocha Moya y de las acusaciones de corrupción contra la 4 y sus gobernadores ha sido muy limitado; a lo más, la simpatía electoral por Morena bajó apenas un 2 o 3 %.

Pero las divisiones internas sí se intensificaron.

Más allá de la disputa en los estados, la verdadera batalla ocurre dentro de Morena entre los gobernadores que buscan influir en las sucesiones locales, en medio de los señalamientos contra varios de ellos, acusados por las autoridades de Estados Unidos de tener nexos con el crimen; la dirigencia nacional encabezada por Ariadna Montiel, quien busca afianzar su autoridad tras el encargo que le fue encomendado; los grupos cercanos a la presidenta Claudia Sheinbaum, y los aliados, PVEM y PT, que exigen más espacios en las candidaturas.

La guerra electoral entra en una nueva etapa este lunes 22, cuando Morena inicia el registro de aspirantes a las Coordinaciones Estatales de Defensa de la Transformación en las 17 entidades que renovarán gubernatura, o sea, candidatos a las gubernaturas en disputa.

En julio y agosto de 2026 habrá un levantamiento de encuestas para medir a los aspirantes; en septiembre vendrá la definición de quienes serán coordinadores estatales, figura que posteriormente se convertirá en la candidatura formal a gobernador; el 3 de agosto será la fecha de la selección de coordinaciones distritales federales (futuros candidatos a diputaciones federales); el 21 de septiembre tocará el turno de coordinaciones municipales, y el 8 de noviembre de 2026, la selección de coordinaciones distritales locales.

En Morena, el partido en el gobierno federal, la disputa no es por el futuro del proyecto, sino por su control territorial. Chihuahua se ha convertido en el primer laboratorio de choque generacional: Andrea Chávez representa la política de la exposición mediática y la narrativa nacional, mientras Cruz Pérez Cuéllar encarna el viejo oficio territorial, el de la operación paciente y el control de estructuras. No es solo una candidatura: es la pregunta de si Morena será movimiento o maquinaria.

En Guerrero, la política sigue atrapada en su propio espejo. Félix Salgado Macedonio conserva la fuerza de la lealtad histórica, pero Beatriz Mojica empuja con la bandera de renovación y paridad. En medio, una regla no escrita: el futuro del estado no solo se decide en encuestas, sino en la tensión entre herencia política y legitimidad institucional, acentuada por el blindaje contra las candidaturas familiares.

Michoacán es otro frente abierto. Raúl Morón insiste en una candidatura que ha perseguido por años, mientras el grupo del gobernador Alfredo Ramírez Bedolla intenta consolidar una sucesión interna con perfiles como Gladyz Butanda. Aquí la disputa no es solo política, es de control del aparato estatal, con la paridad de género como variable que puede redefinir toda la ecuación.

Y tendrán que enfrentar o sumar, a un alto costo, a Grecia Itel Quiroz García, viuda de Carlos Alberto Manzo Rodríguez, alcalde de Uruapan asesinado a balazos el 1 de noviembre de 2025 mientras participaba en un acto público.

En Sinaloa, la política se mezcla con el contexto más incómodo: la seguridad. La sucesión no solo es disputa de grupos, sino de viabilidad del discurso de la 4T. Imelda Castro aparece como figura competitiva, pero el verdadero dilema es si el partido puede presentar un perfil que no quede atrapado en el desgaste del propio gobierno estatal.

Sonora y Campeche completan el mapa de tensiones: en el primero, la sucesión de Alfonso Durazo abre una carrera donde Lorenia Valles parece llevar ventaja, pero sin control absoluto del tablero. En el segundo, el choque entre grupos locales y la influencia de la dirigencia nacional revela que la gobernabilidad interna de Morena es tan compleja como la externa.

Pero la disputa real no está solo en los estados. Está en el centro. En la tensión entre la dirigencia nacional, los gobernadores en funciones, la estructura federal y los aliados incómodos del PVEM y el PT. La alianza oficialista funciona como un pacto de estabilidad, pero también como una negociación permanente donde cada gubernatura es una moneda de cambio.

San Luis Potosí es el ejemplo más claro: un estado donde el Verde no solo participa, sino reclama. Nayarit, Guerrero, Michoacán y Quintana Roo son piezas de negociación donde la coalición se mide más por cuotas que por afinidades.

En Zacatecas, Saúl Monreal Ávila y la familia decidieron que “es mejor buscar otros rumbos”, lo que deja indefinido si su ultra poderosa influencia familiar se hará a un lado o se suma, bajo algunas condiciones, a las cinco posibilidades que circulan en el estado.

Ulises Mejía Haro (el más fuerte hoy), exalcalde de Zacatecas capital, quien encabeza las encuestas internas más recientes, señalado como el perfil con mayor competitividad frente a la oposición; Verónica Díaz Robles, diputada federal, cercana a estructuras federales y solo por debajo del puntero; José Narro Céspedes, senador con base territorial en Zacatecas, de los izquierdistas más ortodoxos, representante de un grupo político con presencia histórica en el estado; Rodrigo Reyes Mugüerza, secretario general de Gobierno estatal, cercano al gobernador David Monreal, más identificado con la estructura en funciones que con una candidatura natural, y Bennelly Hernández Ruedas, cuadro emergente, quien aparece en mediciones internas como opción de equilibrio.

Del otro lado, el PRI y el PAN sobreviven no como bloques hegemónicos, sino como redes territoriales que buscan relevancia en un escenario dominado por Morena.

El PRI apuesta a sus “Defensores de México”, una estrategia de supervivencia más que de expansión, mientras Alejandro “Alito” Moreno aún lucha contra los vestigios del priismo del siglo XX, particularmente en el Estado de México, Veracruz y Tamaulipas, mientras que Adrián de la Garza en Nuevo León, Enrique Galindo en San Luis Potosí y Paloma Sánchez en Sinaloa son nombres que solo funcionan como anclas locales, no como proyecto nacional.

Y no obstante la aplastante victoria en Coahuila que los priistas obtuvieron en las pasadas elecciones del Congreso local, encabezados por el gobernador de esa entidad, Manolo Jiménez Salinas, y el coordinador de los diputados federales de ese partido, Rubén Moreira Valdez, sigue siendo solo un triunfo electoral y no un cambio de rumbo en el discurso político y la preferencia electoral nacional.

El PAN, por su parte, ha aceptado que su fortaleza no está en la extensión, sino en la concentración, y su líder nacional, Jorge Romero Herrera, impuso, pero no convence a los panistas ortodoxos con el proyecto de candidaturas ciudadanas, y esos grupos son la principal amenaza de fractura en las entidades donde la influencia blanquiazul aún importa.

Sus principales opositores internos son la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos; los exgobernadores Mauricio Vila y Diego Sinhue, y figuras de peso interno como el excoordinador de los senadores y exlíder nacional Marko Cortés, Cecilia Romero y Ricardo Anaya, así como sectores que rechazan romper con el PRI (o viceversa), otros que quieren ir con Movimiento Ciudadano sin PRI y grupos que piden “PAN puro”. Un verdadero galimatías panista.

Querétaro y Aguascalientes son bastiones; Chihuahua, una disputa abierta. El resto del mapa es una combinación de competitividad condicionada y alianzas necesarias con el PRI o Movimiento Ciudadano. La lógica es simple: sobrevivir donde se pueda, competir donde se deba.

En este escenario, la oposición no crece de manera uniforme; crece a pedazos.

En el Bajío, donde el voto es más estable y la economía más estructurada. En el norte, donde la alternancia es parte del hábito político. Y en algunos puntos urbanos donde el desgaste del poder abre rendijas de competencia.

Pero el dato más revelador no está en los partidos opositores, sino en Morena mismo: el partido que domina el mapa enfrenta su mayor riesgo no afuera, sino adentro. Chihuahua, Michoacán, Guerrero, Sinaloa y Campeche concentran las disputas más duras. No porque estén en riesgo inmediato, sino porque ahí se define quién controla el futuro del movimiento.

El calendario ya está en marcha: registros en junio de 2026, encuestas en verano, definiciones en septiembre y ajustes finales hacia noviembre. Pero en la política mexicana los calendarios no ordenan el poder; apenas lo registran cuando ya cambió de manos.

Y así, mientras los partidos afinan reglas, metodologías y encuestas, la realidad avanza en otra dirección: la de las tensiones acumuladas que no se resuelven en documentos, sino en correlaciones de fuerza.

San Lázaro observa. Y como siempre, en sus Oraciones, toma nota de lo que ya ocurrió antes de que alguien lo anuncie oficialmente.

Rumbo a 2027: Morena vs. Morena (y aliados); PAN vs. PAN y PRI vs. PRI… MC, bueno…

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