Gatelliana
En cualquier gobierno respetable, un manejo como el que ha tenido el señor subsecretario de Salud determinaría un cese fulminante, quizá el exilio, y un cambio de timón
Por Pedro Carlos Guillén
En marzo del año pasado, me encontraba sentado sin hacerle daño a nadie en un bar de la bellísima ciudad de Lisboa y escribí lo siguiente en mi libreta de notas: “Hoy compré el periódico El País, los titulares son apocalípticos: Lagarde advierte que la inacción puede generar una crisis como la de 2008, Italia crea un fondo de 25 mil millones de euros, y Reino Unido de 34 mil millones de libras. En México, nuestro Presidente, contra todas las recomendaciones posibles, pidió que nos abrazáramos. Una señora o señorita que se llama Estefanía Veloz, de la que descubro que tiene hueso en el Canal 11, escribió lo siguiente: ‘Al final, el coronavirus nos deja de lección que fue muy acertada la decisión de no construir el aeropuerto de Texcoco’. El subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, tiene la claridad de un litro de petróleo, me infunde sospechas varias, señaladamente cuando acaba de dar la siguiente declaración: ‘El Presidente es muy querido, todos lo quieren abrazar’; y un joven que triplica mis sospechas y se llama Antonio Attolini escribió: ‘qué horrendo hacer politiquería con la salud de la gente’”.
Hasta ahí las notas que tomé hace casi año y medio. Algo de agua ha corrido bajo el puente y nos ha permitido confirmar a velocidades diferentes la deficiencia crónica en el manejo de la pandemia. Cuando uno escucha declaraciones de intelectuales como Tatiana Clouthier o Gerardo Fernández Noroña y encuentra en su gabinete a un señor que habla de corridito siente que ha encontrado un tesoro escondido. Es el caso de López-Gatell que, al presentarse en sociedad, proyectó una imagen de seguridad y articulación que provocó que más de una dama inquieta emitiera suspiros de amor. Bien, como el éxito fácil no existe, todo se empezó a descomponer de manera vertiginosa; claramente, este buen hombre no entendía lo que estaba haciendo, cuestionó abiertamente el uso del tapabocas y en plan Nostradamus vaticinó el fin de la pandemia para el mes de mayo del año pasado y ¡le puso fecha!
Por supuesto, lo anterior no ocurrió, pero con la tenacidad de un cangrejo, siguió el doctor López-Gatell con los pronósticos y declaró que 60 mil muertos representarían una catástrofe. Luego vacacionó, se enfermó de covid y salió a las bellas calles de la colonia Condesa para producir una diáspora del virus.
En la cárcel, cuando alguien tiene protección gana seguridad. López-Gatell sintió el respaldo total de la autoridad presidencial y ello devino en una creciente arrogancia en su trato a los medios y cierta exasperación en sus respuestas, que lograron el prodigio de transformarlo del hombre del año a un señor que poca gente (yo no conozco a nadie) admira.
En cualquier gobierno respetable, un manejo como el que ha tenido el señor subsecretario determinaría un cese fulminante, quizá el exilio, y un cambio de timón; no olvide, querido lector, que esto no es un juego y estamos hablando de vidas humanas. Es evidente que ello no sucederá, la humildad de reconocer errores no es una virtud de nuestras autoridades federales y me recuerda a mi tío Federico que, un día en un viaje a Veracruz decidió salir por Pachuca y negó lo que le restaba de vida su error, que nos costó cuatro horas extras de coche: “Era una buena ruta”. Esa frase es la tía abuela de “tengo otros datos”, que se repite machaconamente en las mañaneras.
Leo a varios analistas que comentan acerca de la caída en la estrella del doctor López-Gatell de los favores presidenciales y cuentan, a través de filtraciones, que fue tundido con cierta violencia en un ámbito privado debido a su falta de alternativas para atacar la tercera ola de covid. Sin embargo, apuesto dinero a que no será removido.
Algún día no muy lejano se analizará lo que vivió nuestro país en estos años y vendrá el veredicto insobornable de la historia… veremos.
