Las comunidades afromexicanas

En un taller realizado la semana pasada, al que asistieron más o menos sesenta personas, entre las que había sólo cinco negras, la sorpresa fue mayúscula.

La pregunta para iniciar el diálogo fue: ¿Tienen ustedes algún nexo con las personas negras? Y luego, la puntualización: pueden hablar sobre algún ancestro, o ancestra; o bien, si las personas con las que tienen trato frecuente son afrodescendientes y ¿cuál ha sido el resultado de esta relación?

Una por una de las asistentes, además de decir su nombre, inició el relato más o menos así: “Nunca se me había ocurrido, pero mi abuelo era tan, pero tan moreno, que quizás…”. O bien: “Nunca pregunté por qué mi madre tenía el pelo tan chino, tan crespo, si todos los demás lo teníamos tan lacio; yo hasta creí que ella lo tenía así porque se lo trenzaba y por eso se le hacían los chinos. Quizás sus padres, de los que nunca nos habló y ni siquiera conocimos, eran descendientes de negros”. Al finalizar las presentaciones, resultó que todas tenían muchas dudas y pocas certezas. Todas las personas hablaron sólo de lazos familiares.

Los pobladores negros, originarios de África, migraron a México de manera forzada, en calidad de esclavos, procedentes de Gambia, Senegal, Guinea, Congo, Guinea Ecuatorial, Angola y Mozambique. En México, los asentamientos más conocidos de personas negras se ubican principalmente en las regiones del río Papaloapan, la Costa Chica (Guerrero y Oaxaca), en la región centro-golfo del estado de Veracruz, la costa grande de Guerrero, la región de Tierra Caliente en Michoacán, en los Altos y en el Istmo-Costa en Chiapas, así como en el municipio de Muzquiz en el estado de Coahuila.

Juan Ortiz Escamilla explica de qué manera la palabra negro construyó, a lo largo de un proceso histórico, el término jarocho, que es con el que hoy se identifican muchos de los afrodescendientes de la cuenca del río Papaloapan, oaxaqueño y veracruzano.

A pesar de su número y de su importancia en la historia de México, la presencia de la población de descendientes de origen africano, aun hoy, es ignorada por casi todas y todos. Algunos datos dicen que para 1570 había un total de 18 mil 569 esclavos negros, de los cuales 10 mil 595 estaban en la Ciudad de México. La población total, en la época de la Independencia, se componía de un millón de blancos, 1.3 millones de mestizos, zambos y mulatos y 3.6 millones de indígenas.

CONAPRED ha documentado e investigado las comunidades negras y ha concluido que “Las mujeres afros y sus testimonios de vida dan cuenta de la discriminación que se genera a consecuencia de la pobreza, marginación y racismo”. Pero, ¿qué han hecho con el dolor de su historia? O ¿qué hemos hecho los demás para aminorar el dolor, compañero inseparable de la vida de los seres humanos, mujeres y hombres?

El budismo del siglo V a. de C., entre otras muchas ideas, planteaba el dolor como una frustración de los deseos y, por tanto, lo localizaban en el alma. Roque Dalton, y sus palabras, hechas poesía: “Conozco perfectamente mi dolor: viene conmigo, disfrazado en la sangre, y se ha construido una risa especial para que no pregunten por su sombra”. Pero quizás, para disminuir el dolor, es mejor empezar por el final del poema de Shirley Cambpell: “Porque me acepto  rotundamente libre, rotundamente negra, rotundamente hermosa”.

Por su parte, Ramón Llull dice: “Las palabras nos brindan la posibilidad de significar toda experiencia, desde lo aparentemente banal hasta lo trascendente: las palabras nos ayudan a dar un sentido a la vida. Con ellas creamos y exploramos universos reales e imaginarios.

Son puente y camino para conocer y reconocer al ser próximo, descubrir sus matices, su humanidad y, cómo no, son también el vehículo para llegar hasta nosotros mismos”.

No hay duda de que las palabras curan. Pero dejemos hablar a las y a los demás. Y hablemos con nosotras, nosotros mismos. Y quizás descubriremos algo de negros, negras en nuestra propia historia.

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