De haber escuchado a miles de colombianos cantar anoche con ese vigor el ¡oh gloria inmarcesible! en el Estadio Azteca, García Márquez quizá habría escrito que el miércoles 17 de junio estaba ya previsto por su destino. Un buen destino. La imagen marcaba, además, el cierre de la primera semana mundialista. Y rompía las profecías del caos que anunciaban turbulencias, agitación, desorden, violencia. Topé con algunos colombianos con sus playeras amarillas por el sur de la ciudad varias horas antes del partido. Hablaban maravillosamente de México y de lo chévere que son los mexicanos. También me escribí con dos amigos que viven en Madrid y que fueron a pasar el verano a su Colombia. Se decían sorprendidos por lo bien que nos estaba saliendo el Mundial. Recorrí la prensa internacional y canales de televisión extranjeros desde el 11 de junio hasta la fecha. Predominaban las coberturas favorables, llamémoslas así. Aisladas, surgían notas sobre las protestas políticas y sociales. No encontré reportes sobre asaltos a visitantes o delitos más graves. Llegará el momento de hacer el corte de caja, de revisar estadísticas, etcétera. Por lo pronto, la primera semana mundialista parece concluir transmitiendo una imagen muy distinta a la de un territorio degradado. En la gran percepción internacional, México lucía anoche, no sólo en paz, sino razonablemente ordenado. Festivo. Contento. ¡Oh júbilo inmortal!
