Israel Vallarta se presentó en vivo en el estudio para ejercer lo que consideraba su derecho de réplica. Dijo lo que quiso, incluidos insultos en mi contra. A la hora de las preguntas, se levantó sin responder una sola. Mintió al asegurar que yo había arremetido contra su familia: jamás lo hice. Y volvió a mentir en otros momentos (dijo, por ejemplo, que nunca había oído hablar de los “jueces del acordeón”). No me corresponde calificar su actuación, y menos interpretar su estrategia. Creo, sin embargo, que lo central de su participación en el programa fue anunciar que me acusará en tribunales. Habrá que ver de qué me acusa y cuándo decide hacerlo. Luego de escucharlo con atención sostengo lo que he afirmado durante dos décadas: los testimonios de las víctimas que lo señalaron y lo siguen señalando de haberlas secuestrado me parecen confiables, verosímiles, creíbles. Lo sostengo incluso después de que una jueza del acordeón y un Tribunal de Apelación —con una magistrada del acordeón— lo exoneraran. Por eso, como periodista, pienso que él formó parte de un grupo de secuestradores. En consecuencia, lo considero un secuestrador. Está en su derecho de acusarme por mis comentarios; de intentar privarme de mi libertad o de quitarme mi dinero. Si llega el caso, me defenderé en un espacio institucional ya plagado de juzgadores del acordeón. Es lo que tenemos.
