Ocurrió lo que se veía venir. Sin un proyecto ejecutivo ni una autoridad claramente responsable, la promesa de construir o rehabilitar 4 mil 200 espacios donde los niños y jóvenes mexicanos de bajos recursos pudieran jugar futbol con un mínimo de dignidad, quedó, en el mejor de los casos, a medias. De acuerdo con el seguimiento que el reportero Iñaki Arriola hizo desde noviembre —cuando se anunció el proyecto—, apenas unas mil 200 canchas cumplirían con los requisitos que permiten considerarlas plenamente rehabilitadas: superficie de juego, mobiliario, pintura y un entorno físico adecuado. Otras mil satisfacen sólo parte de esas condiciones. Las dos mil restantes para alcanzar la cifra mágica de las 4 mil 200, simplemente no existen. Es una tristeza. La capacidad del Estado mexicano —gobierno federal, gobiernos estatales y municipales, IMSS— para aprovechar el Mundial y darle este regalo a los niños y jóvenes resultó incompleta, mediocre, propia de la historia de un país acostumbrado a las obras inconclusas. La idea era esplendorosa: llevar el Mundial a todo México. Y a quienes no pueden jugar futbol en clubes o ligas privadas. La realidad es que se dejó a medias una iniciativa que no parecía tan difícil de concretar. Habría bastado un poco de compromiso y organización. Pero ocurrió lo de siempre. México 2026.
