Un país de hielo que teme a los estadunidenses

NUUK, Groenlandia.— Con menos de 60 mil habitantes, aunque su territorio sea 200 mil kilómetros más grande que el de México, aquí brotan en el verano las “flores de 14 días” que viven sólo dos semanas, pues el frío es tan intenso que debe transcurrir un año para que regresen las “buenas” temperaturas de 10 grados Celsius.

Su ingreso per cápita es de más de 70 mil dólares, que lo coloca en el puesto 22 del mundo, tres veces superior al de los habitantes de la Ciudad de México; pero también se necesita tres veces más dinero para comprar más o menos lo mismo.

Una persona que gane 400 mil pesos al año en la capital mexicana, necesitaría más de un millón 200 mil para vivir más o menos igual en Groenlandia sin problemas como la contaminación, la inseguridad y la falta de buenos servicios educativos y de salud gratuitos; pero con un frío inclemente y más de 100 días de noches polares en promedio.

En este “oscuro objeto del deseo” del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, la isla más grande del mundo, su posición geográfica, un espacio aéreo que acorta las distancias entre América y Europa, y una previsible riqueza mineral debajo de capas de hielo de 3 kilómetros de espesor suponen grandes ventajas futuras.

Las encuestas dicen que menos de 20% de los groenlandeses estaría de acuerdo en que su país fuera vendido a los estadunidenses, pero el resto no quiere o siente temor de que el imperio ignore a los únicos habitantes que han sabido convivir con tanto frío.

El primer ministro de este territorio autónomo de Dinamarca, Jens Frederik Nielsen, se pasea por Nuuk en una camioneta cuatro por cuatro con una bandera groenlandesa y vive en el centro de la ciudad, en una casa amarilla que todo mundo conoce.

Junto con el Parlamento han retrasado las concesiones mineras, porque consideran que no ha llegado el tiempo de abrir una actividad que en el futuro puede implicar grandes retos para la gobernanza.

Así es que las principales fuentes de riqueza siguen siendo la pesca, el turismo, otros servicios y los subsidios enormes que les da Noruega.

Los inuit, que representan más de 85% de los habitantes y tienen una relación de amor-odio con los daneses, no olvidan que en el siglo XIX ellos llevaron a los primeros habitantes originarios a Nueva York para ser presentados como una especie de “animales salvajes” o que después los confinaron en un multifamiliar donde proliferaron el alcoholismo y los suicidios.

Hoy, el sur de la isla, donde se concentran las pocas poblaciones que albergan a más de 90% de los habitantes, ha acabado con osos polares, ballenas, focas y todo aquello que pueda ser aprovechado para su supervivencia.

En cambio, en el norte, esas criaturas, a las que se suman las morsas, han logrado sobrevivir, mientras llega el momento en que la imparable raza humana decida explotar su mundo de hielo.

Los paisajes increíbles, los glaciares, las montañas de rocas de cientos de metros cubiertas de líquenes que le dieron el nombre de “Tierra verde”, los icebergs y los cañones son espectáculos visitables por pocos meses al año.

Aquí hay apenas tres aeropuertos civiles, más allá de las bases militares, y no existe una red de carreteras; es una de esas últimas fronteras cada vez más conocida como consecuencia del turismo.