Emociones y percepciones: saldos de la pandemia

La encuesta del Inegi mide la desesperación de los alumnos por (cumplir con) el trabajo académico, la tristeza o depresión que los invade y, en menor medida, los problemas para relacionarse con sus compañeros.

El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) hizo la tarea. La pandemia enmarañó la vida afectiva de millones de personas, más de niños, adolescentes y jóvenes adultos. Sin embargo, no perturbó la percepción de que la educación escolarizada es una vía de mejora social y personal.

El 29 de noviembre, el Inegi publicó los datos de la Encuesta Nacional de Acceso y Permanencia en la Educación 2021 (ENAPE); la información se centra en la población de entre 3 y 29 años. En su extensa nota de prensa, destaca cifras de población inscrita y no afiliada en el sistema escolar, de preescolar a superior. También, los instrumentos tecnológicos que alumnos y docentes utilizaron para continuar con la enseñanza y el aprendizaje durante el encierro y el papel de apoyo de las madres, en especial para los alumnos de educación básica.

  •  

Además, informa de dos asuntos claves que retomo: el daño emocional que la pandemia originó o desmejoró en los estudiantes, y la percepción sobre los beneficios de la instrucción en el empleo y mejores condiciones de existencia. La información en esos territorios simbólicos es fundamental para entender el valor social de la educación.

Primer punto. La ENAPE muestra que un alto porcentaje del alumnado manifiesta situaciones de estrés o tensión; del 16.2% en preescolar (los menos afectados, quizá por su edad) al alarmante 36.9% en superior. Los índices de primaria, secundaria y media (27.6%, 33.4% y 34.1%, en cada segmento) también prenden focos de alarma.

Asimismo, la encuesta mide la desesperación de los alumnos por (cumplir con) el trabajo académico, la tristeza o depresión que los invade y, en menor medida, los problemas para relacionarse con sus compañeros. La encuesta se levantó entre el 16 de noviembre y 17 de diciembre de 2021, en la cresta de la pandemia; quizá la situación haya subsanado algo con el regreso a clases, pero dudo que así sea.

Aquí cabe una autocrítica. Este lunes, pregunté a mis alumnos de nuevo ingreso en la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco (jóvenes de 18 o 19 años) cómo estaban, cuál era su ánimo. Una estudiante me respondió que estaba cansada, abrumada y algo afligida; otros de sus compañeros asistieron con su lenguaje corporal. Les contesté, “pero, ¿cómo, si son jóvenes, llenos de vida? Dejen eso para los adultos mayores”. Luego me malhumoré por su falta de participación. Fui insensible, la información del Inegi me permitió darme cuenta de mi error. Trataré de mantener la calma y comprender el estado de ánimo de mis alumnos, pero no disminuiré mi exigencia para que se apliquen un poco más.

Segundo punto. Con todo y que economistas que estudian los efectos de los títulos académicos argumentan lo contrario, el Inegi evidencia que se mantienen altas las percepciones sociales sobre el valor de la escolaridad para el empleo.

Los informantes de la ENAPE mayores de 18 años valoran alto o muy alto locuciones como: “Mientras más escolaridad tenga una persona, tendrá una mayor posibilidad de mejorar su nivel de vida” (73%). “Las personas que continúan estudiando tiene mejores oportunidades de trabajo” (68%) o “Tener más años de estudio, sirve para que las personas tomen mejores decisiones para su vida” (54.6 por ciento).

El Inegi manifiesta que la ENAPE complementa las estadísticas de la SEP. Mas dudo que allí tomen en cuenta esos hallazgos; el triunfalismo retórico “estamos requetebién” o la idea de que sólo los conocimientos que surgen de la comunidad son válidos, pero más que nada, el arquetipo de que educar para el empleo es una corrupción neoliberal, manda al cesto de basura lo que no provenga de sus creencias.

Que los jóvenes piensen que la escolaridad les abrirá mejores oportunidades, es un sueño de aspiracionistas, según la ideología de la 4T.

Temas: