Los peligros de la retórica de división y odio

Tanto el populismo de izquierda como el de derecha explotan la ignorancia de las masas y establecen sus fundamentos en la división de los ciudadanos de un país entre ricos y pobres, izquierda y derecha, desamparados y privilegiados. Explotan los miedos y rencores de las masas para incrementar el encono entre los votantes y crear conflictos...

El sábado pasado, el expresidente Donald Trump salvó la vida por cuestión de milímetros y segundos, después de sufrir un atentado contra su vida. El tirador, un joven de 20 años, utilizó un rifle de asalto AR-15, igual a los utilizados en las matanzas de las escuelas de Uvalde, Texas, y Parkland, Florida, donde fueron asesinados 38 niños y maestros. Es evidente la falla de seguridad del Servicio Secreto que permitió apoltronarse al sujeto armado en el techo de un edificio a 120 metros, con línea de vista directa al estrado donde Trump hablaba a sus seguidores.

Cuatro presidentes norteamericanos —Lincoln, Garfield, McKinley y Kennedy— fueron asesinados durante su mandato; y la última vez que un mandatario fue herido sucedió en 1981, cuando Ronald Reagan fue atacado por John Hinckley, quien quería impresionar a la joven actriz Jodie Foster. Reagan se recuperó, fue reelecto y se convirtió en el presidente más influyente de la segunda mitad del siglo XX.

El repetido adagio “Quien no conoce la historia está condenado a repetirla” es tan válido hoy como siempre. Después de disfrutar uno de los periodos más largos sin guerras o amenazas al futuro de la humanidad, en los últimos cuatro años hemos vivido la pandemia del covid, la invasión de Rusia a Ucrania, las provocaciones de China sobre Taiwán, el regreso del populismo político en naciones chicas y grandes, recordando las condiciones que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial hace casi un siglo.

Tanto el populismo de izquierda, representado por la Cuba de los Castro, Venezuela de Chávez y Maduro, Nicaragua de Ortega y México de AMLO (y al parecer Sheinbaum), como el de derecha de Trump en Estados Unidos o Bolsonaro en Brasil, explotan la ignorancia de las masas y establecen sus fundamentos en la división de los ciudadanos de un país entre ricos y pobres, izquierda y derecha, desamparados y privilegiados. Explotan los miedos y rencores de las masas para incrementar el encono entre los votantes y crear conflictos y situaciones de las que luego se autoproclaman como los únicos capaces de resolverlos, salvando al pueblo de las circunstancias, muchas veces creadas por ellos mismos; Maquiavelo estaría orgulloso de que sus tácticas siguen funcionando 500 años después.

Pero lo que estos dirigentes populistas olvidan es que sus estrategias y retóricas de división y odio en cualquier momento se pueden voltear en su contra, con el resentimiento acumulado por años de mentiras y abusos. Basta voltear a la Libia de Muamar Gadafi, la Rumania de Nicolae Ceausescu y el Irak de Saddam Hussein, todos ellos capturados y asesinados por las turbas de ciudadanos hartos de los “líderes” que los sometieron y aterrorizaron a lo largo de sus tiranías. Cuando el “pueblo bueno” se harta, comienza el final de los dictadores.

En el caso de Estados Unidos, los procesos electorales del último siglo habían sido uno de los mejores ejemplos de civilidad; si usted revisa los debates y discursos electorales de Obama, Bush, Clinton, Bush padre y Reagan, al igual que los candidatos derrotados, Romney, McCain, Kerry, Gore y Dole, son ejemplos de civilidad y, en su mayor parte, de respeto por los contrincantes. Eso terminó con la llegada de Donald Trump, en su campaña ganadora contra Hillary Clinton y en las últimas dos campañas contra Joe Biden, el republicano ha rebajado el debate y la discusión a niveles deleznables, basando sus mensajes en mentiras y verdades a medias para satisfacer su narcisismo y megalomanía.

Este discurso ha dividido a Estados Unidos como nunca desde los tiempos de la Guerra de Secesión. Con Trump nuevamente tomó impulso el racismo, el fundamentalismo de extrema derecha, al grado de ver a neonazis pidiendo la expulsión de los judíos del país, y donde los nuevos villanos “responsables” de todos los males son los inmigrantes ilegales que, en su mayoría, impulsan la economía más grande del mundo.

Trump estuvo a punto de ser asesinado por un miembro de su propio partido, con un arma defendida al límite por él mismo y sus principales patrocinadores políticos de la Asociación Nacional del Rifle, mientras daba su clásico discurso de división y odio.

Lo que hace grande a un país es la unidad, armonía y crecimiento de sus ciudadanos, propiciado por sus gobernantes. Quienes lideran a través del miedo y resentimiento, eventualmente caen víctimas de sus propias tácticas. Cuando veas las barbas de tu vecino cortar….

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