Hay días que suelen tornarse grises cuando una noticia, que termina por impactar lo más cotidiano de nuestra vida, nos envuelve en un desasosiego que nos hace apretar los dientes y subrayar mucho de lo que conservamos entre las páginas de la rabia. Se llamaba Edith Guadalupe, una joven de tan sólo 21 años cuya historia, quizá, nos ha estremecido lo suficiente como para detenernos un poco y escuchar cada una de las palabras de su familia, declaraciones que están muy lejos de la verborrea política que, al parecer, es suficiente para quienes han optado por el fanatismo de gritar consignas llenas de populismo baladí que exigir transparencia y una clara rendición de cuentas. Sin embargo, la familia de esta joven, a la que hallaron muerta en un edificio de esta ciudad, nos ha dejado una lección que no debemos olvidar: el valor, la dignidad y la exigencia no son negociables.
Así, mientras la desesperación y el enojo orillaban a la familia a cerrar una de las vialidades más transitadas de la Ciudad de México, se comenzaban a revelar situaciones que, por desgracia, hacen eco y resuenan la experiencia padecida por tantas y tantas personas. Algo de lo más relevante es, sin duda, la respuesta de las autoridades ante la denuncia y la solicitud de ayuda de una familia que había dejado de mantener comunicación con su hija durante varias horas. Más allá de sus famosos protocolos de búsqueda que terminan por ser una piedra de toque en la que descansa la pasividad, el incumplimiento y la insensibilidad de las fiscalías, que deberían ser las primeras responsables en brindar un servicio que se encuentra dentro de sus obligaciones –no un favor ni un acto de repentina misericordia–.
La familia de Edith Guadalupe ha expresado algo que nos suena tan conocido: que dichas autoridades les “pidieron” dinero para echar a andar y cumplir con los mecanismos propios de su trabajo. Más allá de las “investigaciones” que pueden establecerse alrededor de este posible indicio de corrupción, la declaración en sí misma nos permite recordar tantas historias de quienes han padecido esa mala suerte, lo cual está muy lejos de ser una coincidencia producto de las conspiraciones de la “derecha”, de los “fachos”, de los dioses de la antigüedad y de los virus mutantes.
Hay una lección importante en las acciones y las palabras de la familia que hoy vive la desgracia de una dolorosa ausencia: el caso de su hija, de su sobrina, de su amiga, no podía ser un número más, una simple estadística que puede ser reclasificada, reinterpretada, maquillada. Así, mientras se paralizaba una zona de la ciudad, provocando la molestia y el enojo de miles de personas que no contaban con llegar tarde a sus lugares de trabajo, a su consulta médica, a sus colegios, la noticia de la tragedia y la desgracia comenzaba a sentar sus alcances conforme pasaban las horas. Innumerables preguntas se formulan ante la determinación mostrada por unas personas que exigían la mínima atención y justicia: ¿las autoridades de la ciudad se vieron obligadas a reaccionar sólo mediante la presión generada por esta acción? ¿Alcanzarán sus discursos y pronunciamientos para borrar lo que se intuye como un acto de corrupción y, quizá, de impunidad?
Pero hay algo más que se necesita cuestionar y subrayar. El asesinato de Edith pudo ser parte la estadística sorda y muda que el actual régimen y su circense corifeo pretende incrustar en la lógica de sus espejismos. Allí están las más de 132 mil desapariciones, la crisis forense que implica la existencia de más de 70 mil cuerpos sin identificar. Y, por supuesto, las casi tres mil carpetas de investigación existentes. ¿Qué será necesario para que la justicia, la verdad y la transparencia brinden las respuestas obligadas? Imaginar que paralizar el país, tal vez, sería lo inmediato, lo más sencillo para una sociedad que bien podría manifestarse de esta manera.
Sin embargo, hay algo más preocupante: quizá es prudente cuestionarnos el impacto de la muerte, de la tragedia y la desgracia que hoy tenemos como sociedad. Es posible que nos hayamos acostumbrado a tantas noticias que se haya normalizado la nefanda idea de los homicidios, de las desapariciones, de los feminicidios, de la violencia, del crimen organizado, de la muerte. Inquieta suponer que el impacto es el de un simple scrolleo en el teléfono celular, el de videos que ya no son noticia, en retóricas lejanas y vacías que son parte de la politiquería de la partidocracia. Pensemos en la juventud, en quienes están creciendo en medio de este despropósito: el futuro de nuestro país se pone en juego día con día.
Claro, todo esto en una convulsa Ciudad de México que le robó cámara a Barcelona, extraordinaria ciudad que se convirtió, durante dos días, en el eje gravitacional de la vacuidad y el cursi populismo que exige paz y justicia; sin embargo, una leve sonrisa de ironía se dibuja en el aire.
