Ilusiones rotas por la dura realidad

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

Esfuerzo digno, alentador, de la Selección Mexicana de Futbol. Opusieron lo mejor, con sus aciertos y limitaciones, ante un adversario superior, Inglaterra, que demostró y corroboró mayor capacidad física, técnica, estratégica y madurez agonal. En un par de minutos, Jude Bellingham, con la rapidez, precisión y oportunismo de los cracks, en dos contragolpes, dos balonazos estallaron en las mallas, rompió el mito del enorme estadio, de la influencia de su alarido intimidante en los adversarios; la enorme garganta estentórea de la catedral es lo evidente, lo real son los 2,240 m snm. La esperanza aleteó con Julián Quiñones, indiscutiblemente, el mejor del once nacional. El gol de penalti de Harry Kane sentenció el partido, dejó un 3-1 difícil de remontar… Recortó Raúl Jiménez y los ingleses, con hombre de menos, construyeron una muralla impenetrable que exhibió la deficiencia del Tri. Lentitud en la concepción mental y toma de decisiones e insuficiente desarrollo ofensivo por las bandas y el poder físico de dos defensas ingleses en despliegue de energía y lucha, en inferioridad numérica de su colectivo contra un atacante. El futbol local ha progresado —un ejemplo lo representa Gilberto Mora, talento de 17 años—, pero, aun con la enorme ventaja de la altura, el Tri no superó el difícil examen de graduación; y el episodio se repitió como ha ocurrido por 96 años, bajo otras coordenadas, pero, en esencia, sin alcanzar a plenitud el objetivo porque el entorno se resiste a abandonar el confort social económico y político. El sueño se ha roto ante la dura realidad. Los errores derivan de su propio nivel, no son consecuencia de cambios, de los malditos penales, de alineaciones… Pongamos, por el momento, en otro marco la alegría efímera de pueblo y tribuna, el espíritu tribal y de rebaño de la multitud, la manada fiestera y globera que convierte el sano entusiasmo en delirio, vandalismo y destrucción, con muertes. Parece que hay una máscara social embadurnada de hipocresía y autoengaño. ¡Es realmente esta clase de alegría la deseable para pueblo y familia? El futbol vive encerrado en una cápsula deslumbrado en el magnetismo de su popularidad. Se niega y menosprecia la calidad del adversario. Es tanta la ceguera, que su nivel siempre ha estado en un plano inferior a la esfera de los deportistas mexicanos que asisten a los Juegos Olímpicos. Se confunde popularidad con calidad. Nuestro futbol pertenece a un grupo de segundo nivel mundial; con una afición que aspira a la victoria sin esfuerzo; en él se manifiesta el culto al poderoso dios dinero de los dueños de equipos que rechazan la competencia, puesto que han suprimido el ascenso-descenso; y la magnificación, significación y engaño de ciertos medios de comunicación aduladores que falsifican su nivel. Respira inmerso en cultura light, social; el deporte no es de merecimientos ni se edifica en frases banales. Exige un cambio en el lenguaje, ideas y esfuerzo.