Informadas, consensuadas y aceptadas
A raíz de los escándalos sobre abuso sexual perpetrados por poderosos hombres del mundo del espectáculo, del deporte y la cultura, de aquí y allá, tiembla nuestro mundo de ideas y creencias acerca de lo que deben ser las relaciones amoroso-sexuales-afectivas entre las personas. La polémica se enciende, las opiniones se dividen
Como se recordará, un importante grupo de mujeres francesas, a principios de este año, se pronunció en una carta pública acerca de lo que, en su percepción, eran exageradas reclamaciones de las acosadas y que tales denuncias podrían reforzar el puritanismo que nos acecha cotidianamente y afectar los rituales de cortejo y demás manifestaciones del deseo amoroso. Las respuestas en las redes sociales no se hicieron esperar, donde miles de mujeres, desde las más diversas posiciones, desde las que suscriben un odio enfermizo a los hombres, estilo Paquita La del Barrio, hasta las que buscan reformular, desde el amor y el respeto, las relaciones entre hombres y mujeres. Ellas resaltaron la importancia de seguir denunciando las agresiones y violencia que mujeres, niñas y niños sufren a manos de hombres “normales y decentes” como curas, médicos, entrenadores deportivos, profesores y de otras tantas profesiones y oficios, hombres de familia en muchos casos, cuya respetabilidad ha hecho, por milenios, que las ofensas a las mujeres estén legitimadas como un derecho natural sobre ellas y l@s infantes. Y ante la gran cantidad de descripciones, testimonios acerca de la violencia contra las mujeres, algunas de las firmantes, como la actriz Catherine Deneuve, ofreció disculpas por haber firmado un documento sin meditar detenidamente en la problemática denunciada.
Pero el terrorismo sexual que agrede a niñas, niños y mujeres, ése que se ha ejercido por milenios y que ha sido naturalizado y banalizado por relatos fundacionales de la cultura occidental, como la mitología griega, donde Zeus, el padre de los dioses, despliega una violenta y abusiva sexualidad contra sus objetos de deseo, bellas jóvenes o hermosos efebos son víctimas de la incontenible sexualidad del jefe de jefes del Olimpo. Pero ahí no termina la leyenda, en diversas épocas, las fechorías de Zeus se han recreado por grandes pintores que, al momento de plasmar los agravios, postulan, consciente o inconscientemente, el ser y deber ser de los varones desde una posición ventajosa y propicia para el abuso.
Al respecto, en México no cantamos mal las rancheras, y sí de canción ranchera se trata, las legendarias historias de Rosita AlvÍrez, La Delgadina, La Martina; sin olvidar “las joyas” del reguetón y la música de banda, las cuales son, todas, una eficaz pedagogía musicalizada del machismo y la misoginia que podemos constatar en la reiterada repetición de tales mensajes en el transporte público, las redes sociales y demás medios de comunicación.
Sin embargo, este ancestral y normalizado sistema de valores y creencias ha comenzado a desmoronarse, pues en el último siglo, gracias a los movimientos contraculturales como los estudiantiles-juveniles del 68, los feministas y otros, las mujeres han podido cuestionar el maltrato y discriminación de que han sido objeto. Los cambios en la percepción de sí mismas y de sus derechos han sido reforzados en muchos casos por su acceso a la educación superior y al trabajo remunerado. Por eso, ellas dicen basta.
Y, en ánimo de no echar leña al fuego a la guerra de los sexos, convendría replantearnos nuestras necesidades de convivencia amorosa en el sentido más amplio y destacar la importancia de relacionarnos con base en la información y expresión de nuestras apetencias y deseos a la persona pretendida y, una vez que “la luz de nuestros ojos” esté de acuerdo en recorrer con nosotros los sorpresivos, sinuosos y siempre sorprendentes senderos que nos llevan al ansiado jardín de las delicias, sólo entonces podremos abrir la puerta para irnos a jugar.
Enfatizar, día tras día, en los más diversos espacios la necesidad de que nuestros contratos sexuales y amorosos estén basados en relaciones informadas, consensuadas y aceptadas, será un elemento fundamental para transitar, además de hacia una sociedad más democrática, a una vida más plena y feliz.
