Violencia feminicida en México
La historia reciente de nuestro país está teñida de sangre, en particular con la de miles de mujeres que han perdido la vida a causa del violento odio que se despliega contra ellas. Es del dominio público que en la década de los noventa, Ciudad Juárez fue el escenario de la sistemática desaparición y asesinato de jóvenes, muchas de las cuales eran trabajadoras de la industria maquiladora, otras estudiantes o empleadas, sin que las autoridades dieran respuestas efectivas.
La sádica victimización de las jóvenes asesinadas produjo una serie de hipótesis que vinculaban los asesinatos y desapariciones al negocio del llamado snuff movie, al surgimiento de un nuevo deporte o al tráfico de personas. Algunas de las víctimas habrían llegado solas a Ciudad Juárez en búsqueda de oportunidades laborales o de tener la posibilidad de cruzar la frontera, lo cual las hacía más vulnerables, pero había otro grupo de chicas que tenían un núcleo familiar, lo cual fue muy importante en la denuncia y búsqueda de justicia de las llamadas Muertas de Juárez.
La incansable investigación de las madres y familiares de las muchachas, y la aparición de algunos cuerpos femeninos brutalmente agredidos en Lomas de Poleo, comenzó a impactar a la opinión pública nacional e internacional. De hecho, en 2004, Amnistía Internacional estimaba cuatro mil desapariciones de mujeres, ante lo cual conocidas actrices como Jane Fonda y Sally Field se pronunciaron por exigir a las autoridades una búsqueda efectiva de las víctimas y castigo a los verdugos.
El horror detonado en Ciudad Juárez se ha ido extendiendo a diversas entidades de la República, en octubre de este año el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (Inegi) reportaba el feminicidio de 22 mil 482 mujeres ocurrido entre 2007 y 2016 (https://www.excelsior.com.mx/nacional/2017/10/22/1196308), pero ha sido, particularmente, en el Estado de México donde se ha registrado mayor violencia contra las mujeres.
Después de importantes movilizaciones de diversas agrupaciones de las madres y familiares de las desaparecidas y asesinadas, quienes infructuosamente han buscado información sobre el paradero de sus hijas o castigo para quienes las han asesinado, se logró que se decretara en julio de 2015, la Alerta de Género en 11 municipios de la entidad. Es importante aclarar que dicha Alerta constituye un conjunto de medidas para atender un fenómeno tan complejo y doloroso como el feminicidio. Se trata, entre otras estrategias, de conformar bancos de datos sobre la desaparición de niñas y mujeres. Además es importante capacitar a las autoridades de los servicios públicos, ya que reiteradamente las madres y familiares de las víctimas se quejan de los malos tratos y banalización de la desaparición de niñas y jóvenes, pues es común que las autoridades incurran en comentarios impropios acerca de la ausencia de las muchachas, señalando, por ejemplo, que la desaparecida “se fue con el novio”. Lo que implica una revictimización.
A pesar de esta estrategia que intenta prevenir y atender la violencia contra las mujeres y las niñas, la violencia feminicida sigue cobrando día a día víctimas. Además de la impunidad y la corrupción ¿a qué se puede atribuir este odio criminal a las niñas y a las mujeres en un país donde hay un culto a una deidad femenina que moviliza a millones de personas al cerro del Tepeyac? Probablemente esta esquizofrenia social tenga
que ver con la crisis de un modelo civilizatorio cuyas relaciones económicas se sustentan en un profundo desprecio a la vida.
Necropolítica le llaman especialistas como Achille Mbembe, quien en sus obras ha planteado que el desarrollo del capitalismo contemporáneo se sustenta en formas de control que determinan quién debe vivir y quién morir a partir de una perversa reconversión del mercado de trabajo y del consumo. De esta manera la esclavización de miles de personas en el mundo para realizar trabajos de todo tipo, incluido el sexual es un ejemplo de ello.
Pero lo cierto es que la necropolítica se sustenta, también, en la más descarnada misoginia y extiende sus tentáculos, ya en los rincones oscuros de la red donde se reproducen inimaginables prácticas depredatorias contra las mujeres y las niñas/os cuyos consumidores buscan después plasmarlas cruelmente en la realidad. O la misoginia presente en los certámenes de belleza, en la industria del espectáculo, en las escuelas, en las oficinas, en las calles donde los varones se creen con el derecho de disponer del cuerpo de las mujeres y las niñas/os para hacer con ellos lo que quieran.
Un modelo económico que se sustenta en la rapacidad y el saqueo de los bienes terrenales y humanos de una sociedad es, sin duda, el marco en el cual se manifiestan los peores rasgos de la condición humana que ha escrito con sangre la historia reciente de este lastimado país.
