El sexismo sonoro

“A ella le gusta la gasolina” (voz masculina), “dame más gasolina” (voz femenina), previamente una sucesión rápida de imágenes 
en un video que inicia con fuerzas policiacas, encendido 
de motores de un auto “rápido y furioso” da paso a chicas 
que bailan y cantan gustosas su solicitud: “Más gasolina”, 
como sinónimo de sexo. “A ella le gusta la gasolina” (voz masculina), “dame más gasolina” (voz femenina), es el coro principal del éxito musical de 2006 en la voz Daddy Yankee (Ramón Ayala), quien es considerado el creador del ritmo reguetón.

Hace diez años, aproximadamente, el reguetón comenzó a tener una gran aceptación entre el público joven del continente, México ha sido uno de los países donde este ritmo de música ha tenido miles de seguidores, sin importar clase social o sexo. El pegajoso beat, así como también las líricas de las canciones, ha sido un factor esencial para que este género musical se haya posicionado entre las preferencias de jóvenes nacidos a finales de los ochenta, pero, particularmente, en los noventa y en el nuevo siglo.

Una de las principales características del reguetón es el explícito contenido sexual de las letras de sus canciones, sus videos y, desde luego, el tipo de baile propiciado por este ritmo, conocido como perreo, llamado así por la emulación al coito entre canes, que las y los seguidores practican en las fiestas reguetoneras.

Sin importar la agrupación o el intérprete, es común escuchar canciones que hablan de encuentros carnales en los que la mujer es, en todo momento, retratada como un objeto del deseo, como un trofeo, como una cosa. Maluma, Farruko y J Balvin, entre muchos otros exponentes del género, por medio de sus canciones han construido una imagen de las mujeres como meros objetos de satisfacción masculina. Llama la atención que, frecuentemente, los reguetoneros se refieren en sus canciones y videos a las mujeres como perras, gatas o puercas, al nombrarlas como animales, su condición humana se desdibuja y, al cosificarlas, puede hacerse con ellas lo que se quiera.

La combinación música e imágenes presente en los videos hace que el mensaje de las canciones sea muy efectivo y legitimador de una cultura de la violencia y la dominación masculina, que tiene su expresión más acabada en el creciente número de feminicidios y agresiones misóginas. El problema es que legiones de jóvenes gustan de practicar el perreo sin que las mujeres puedan cuestionar el rol subordinado que el reguetón les asigna.

Pero el reguetón no es la única expresión musical responsable de la reproducción de la violencia sexista, el gran éxito Qué bello, de la Sonora Margarita, es otro ejemplo de la eficacia de la música como vehículo de “educación sentimental” en la era de la cultura de masas. Muchas mujeres son simpatizantes de la canción, quizá porque, en medio de bodas, bautizos y quince años, ellas pueden proclamar sus deseos sexuales en “un ambiente familiar”, sin reparar en que, cuando celebran los celos de su hombre, naturalizan relaciones de pareja controladoras y alienantes. Habría que empezar a cuestionar el contenido violento de los celos, como bien lo ha hecho el violentómetro propuesto por el Instituto Politécnico Nacional.

Es urgente poner atención en los contenidos de las canciones, videos, películas y demás productos mediáticos y de las redes sociales, ya que la violencia contra las mujeres aumenta. Pareciera que no hay conexión entre el cuestionado video Fuiste mía, de Gerardo Ortiz, en el que el cantante mata al amante de su mujer y luego procede a torturar y matar a su mujer, y el incremento en la violencia feminicida. Aunque, ciertamente, como en el caso del reguetón, la cumbia y el rock, las letras de las canciones legitiman la agresión y el desprecio hacia las mujeres. Basta asomarse a los comentarios sobre éste y otros videos misóginos, en los que no sólo los varones, sino muchas mujeres también expresan su agrado por tal narrativa.

El reguetón, la banda y demás géneros musicales triunfan donde las instituciones estatales ofrecen una educación sexual meramente informativa en lugar de proponer estrategias audaces y creativas a través de talleres en los que los y las jóvenes pudieran, además de romper su analfabetismo mediático, lograr vislumbrar el ejercicio de su sexualidad de manera responsable y feliz, lejos de la violencia y los embarazos no deseados.

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