Izquierda: entre el reconocimiento o la exclusión
Esta es la tercera elección presidencial en la que la izquierda ocupa el segundo lugar. En 1988 la sospecha del fraude electoral fue más que extendida y no hubo manera de reconstruir documentalmente ni el fraude ni su inexistencia. Ello llevó a la izquierda a tomar una ...
Esta es la tercera elección presidencial en la que la izquierda ocupa el segundo lugar. En 1988 la sospecha del fraude electoral fue más que extendida y no hubo manera de reconstruir documentalmente ni el fraude ni su inexistencia. Ello llevó a la izquierda a tomar una distancia frente al nuevo gobierno, que la marginó de casi todas las decisiones estratégicas que se tomaron en ese sexenio. Quien capitalizó la necesidad de legitimidad salinista fue el PAN, que desde el tercer lugar electoral supo imponer muchos de los temas de su agenda histórica.
En 2006, la izquierda volvió a ocupar el segundo lugar y, a pesar de que hubo todas las capacidades institucionales para reconstruir paso a paso el proceso comicial, se empeñó en acusar de fraude. Y no sólo eso, AMLO se proclamó presidente legítimo, llamó espurio a su adversario y, de nueva cuenta, la izquierda se autoexcluyó de las decisiones fundamentales. Otra vez, quien capitalizó el agravio fue el tercer lugar, en esta ocasión fue el PRI quien pudo impulsar su agenda.
Seis años después la izquierda se encuentra ante el mismo dilema: desconocer los resultados, denunciar el fraude, desconfiar de las instituciones y procedimientos o transitar por la vía institucional hasta sus últimas consecuencias y reconocer el fallo del Tribunal para reconstruir su propia agenda. Tanto en el 88 como en 2006, la izquierda se inmoló en la defensa de la boleta presidencial y dejó de reconocer y valorar los avances obtenidos en las otras boletas (diputados, senadores, gobernadores, municipios, etcétera).
Ello se tradujo en una política improductiva. Teniendo la fuerza numérica para impulsar y condicionar la agenda de reformas, privilegiaron la denuncia perpetua y la toma de tribunas. Alinearse con una de las boletas les impidió empoderarse en las otras boletas. Hoy el dilema parece idéntico: parapetarse en el robo (no probado) o ser habitantes activos de la nueva geografía política.
Tengo la impresión de que difícilmente prosperarán los alegatos interpuestos en el Tribunal para invalidar la elección, de modo que la disyuntiva llegará más o menos pronto. Una ruta parece bien perfilada y articulada en torno a la convención en contra de la imposición. Sin esperar los tiempos del Tribunal, dicho conglomerado de movimientos sociales ya ha asumido, en su plan de acción, que el Tribunal no revertirá los resultados y por tanto habrán de emprender acciones para evitar que Peña Nieto asuma la Presidencia. Para ellos el fraude se da por descontado. Las pruebas, los alegatos o las instituciones están por demás. Habremos de conocer pronto cuáles son los contenidos y alcances del plan para la defensa de la democracia y la dignidad que anunció AMLO, pero el sólo fraseo sugiere que poco tendrá que ver con el reconocimiento de los resultados y mucho con el despliegue de una nueva plataforma de lucha social.
Ahora bien, el otro camino es el que no aparece con tanta claridad. Aquel que se haga cargo de la nueva fuerza obtenida en las urnas por la izquierda. No son menores los avances, no son desdeñables las tribunas. Ojalá que la tercera sea la vencida y la izquierda sea capaz de impulsar su propia agenda y condicionar, desde la fuerza de sus votos, el ejercicio del próximo gobierno. Reiterar la exclusión ya sabemos a dónde nos conduce.
*Consultor, presidente de Concertar
