El mundo está loco, loco
En este mundo el rico se hace más rico a punta de esclavizar al pobre.
De esas veces que le entra a uno la paranoia existencial y se da cuenta que el mundo está loco. Los que menos locos se declaran son los que están de pinta del manicomio y los que juran que se les zafó un tornillo; muchas veces tienen la razón. En este mundo a los que dicen la verdad los silencian, bien sea con censura o con un balazo en la cabeza. Nos hacemos ricos a punta de papelitos impresos que señalan nuestro estatus vivencial. Pero estos papelitos impresos son la principal causa de locura cuando los sistemas capitalistas abundan en un mundo lleno de locos. Con esos papeles impresos pagamos por casas, carros y un sinfín de cosas que a la larga (y a la corta, también) no necesitamos, sino que fuimos programados para necesitar. Esas torres de papelitos guardados por personas que ni siquiera conocemos o instituciones que lo único que le conocemos es el rubro bancario, son lo que nos hace valer más o menos. Depende del pedazo de lámina en el que te traslades, y por ahí derecho contamines al mundo: es exactamente el valor que obtienes como ser humano. En este manicomio irreal, algunos tienen las oportunidades para ser alguien; otros se quedan sin la esencia de ese “alguien” rechazado por la sociedad porque no le abundan esos papelitos impresos en los bolsillos.
En este mundo el rico se hace más rico a punta de esclavizar al pobre; no nos hagamos tontos, todos somos esclavos de un sistema del que no podemos salir aunque queramos. Y los pobres no tienen mucho para dónde quejarse porque igual no son escuchados. Toda la vida la pasamos corriendo detrás de esos papelitos impresos como si estuvieran volando en un remolino de viento; hacemos todo por ellos: trabajar en lo que no nos gusta, enfermarnos de estrés y algunos hasta unen su vida a otros para poder tener acceso a la caja fuerte que esconde a los papelitos. ¿El oro y la plata? Esos están bien resguardados por aquellos que imprimen los papelitos. En este mundo loco, loco, no podemos salirnos de los parámetros de cada sistema; tenemos que mostrar un pedazo de cartón laminado para cruzar una frontera, esas rayas que trazaron algunos y nos jodieron a todos, porque al convertir a la tierra en un gran y dividido ejido, la tierra dejó de ser nuestra para ser de ellos. En este manicomio ubicado al fondo a la derecha en la vía láctea, pensamos que nuestras vidas son muy importantes y a mí me gusta compararlas con las de las moscas. Las moscas viven un promedio de 24 horas, luego mueren y san-se-acabó, nosotros creemos que porque vivimos hasta 100 años es una eternidad. Y pienso que 100 años en la inmensidad del universo y de los miles de años de vida de esta tierra de locos, son como las 24 horas de la pobre mosca a la que le zampamos un matabichos en la cabeza porque anda merodeando por ahí.
Y qué loco está este mundo que no nos dejamos vivir en paz, que cada quien se rasque con sus uñas y si se quiere comer un moco, pues que se lo coma. Locura sicótica de los que nacieron para andar enchinchando al prójimo y hacer infeliz a cuanto cristiano o no cristiano vaya por la calle solamente porque el sicópata es desgraciado. ¡Qué importa en lo que quiera creer cada quien y a quien le quiera orar o no! Al final del día, el cuerpo muere y regresa a la tierra que sigue inundada de locos con pánico a que el final sea el final y ya.
Y como una loca más de este mundo de locos, vivo, río y sueño con un mundo que ya no se puede tener, porque entre tanta locura diurna y nocturna, al mundo lo siguen manejando personajes prófugos del manicomio que enfermos de tanto y tanto poder, nos quieren sumergir en su mismo estado de locura.
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