Caballo de guerra
Al hablar de esta nueva película del creador de Tiburón, la saga de Indiana Jones, Encuentros cercanos del tercer tipo, El extraterrestre, El imperio del sol, Parque Jurásico, La lista de Schindler y muchas más, bien podría titularse la columna de hoy Spielberg sigue ...
Al hablar de esta nueva película del creador de Tiburón, la saga de Indiana Jones, Encuentros cercanos del tercer tipo, El extraterrestre, El imperio del sol, Parque Jurásico, La lista de Schindler y muchas más, bien podría titularse la columna de hoy Spielberg sigue siendo el rey.
Con todo y sus detractores y críticos, el realizador ha demostrado con Caballo de Guerra (War Horse, EUA, 2011) que sin duda es el maestro del cine de entretenimiento pésele a quien le pese. Después de Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio en la que hay todo un derroche de efectos y la técnica de “captura en movimiento”, que personalmente no me acaba de convencer pues encuentro distantes a los personajes, Spielberg regresa a lo que de verdad sabe hacer: contar historias humanas, emotivas y dirigiendo actores de carne y hueso. No es que en Tintín eso no ocurra, pero no se logra una conexión con los caracteres ni con la historia.
Los personajes centrales en Caballo de guerra vuelven a tener las constantes de los de otras de sus historias. En este caso un jovencito y un caballo que nunca se dan por vencidos, que tienen madera de guerreros, que mantienen la esperanza a pesar de todo. El argumento está basado en la novela y exitosa puesta en escena War Horse-Caballo de guerra y se ubica en el contexto de la Primera Guerra Mundial que podríamos citar como el tercer personaje de este relato.
Albert es un joven que vive con sus padres en la campiña inglesa en la región de Devon; está por estallar la gran guerra. El papá de Albert, interpretado por Peter Mullan, es un campesino y granjero alcohólico, lo que no lo hace un mal hombre. La mamá es Emily Watson dando vida a una mujer recia, abnegada, trabajadora y pilar de la familia. El papá está endeudado y debe la renta de la granja por lo que le urge que sus tierras produzcan antes de que los desalojen de la propiedad. En una subasta compra un magnífico caballo con sus escasos ahorros, pero no es un animal apropiado para el arado y el trabajo de la tierra. Su hijo Albert se identifica de inmediato con el animal al que llama Joey y se compromete a entrenarlo para que realice el trabajo de un animal de carga, lo cual logra.
La guerra finalmente sobreviene y empieza el periplo de Joey que se convierte en el hilo conductor de la historia mientras pasa de un dueño a otro demostrando su inteligencia y lealtad, abrazándose siempre a la vida. La Primera Guerra Mundial tiene una estética peculiar que, aún dentro del horror del suceso, permite bellas y conmovedoras imágenes; además, el caballo fue un elemento importantísimo en esta conflagración que también representó una transición al aplicarse la naciente tecnología de la maquinaria bélica con fines de destrucción masiva. Una escena espléndidamente lograda sigue a Joey en su carrera desbocada, galopando con pánico entre las trincheras, las balas y el humo hasta quedarse atrapado en la alambrada de púas en lo que se conoce como tierra de nadie y ante la mirada desconcertada de soldados ingleses y alemanes en sus trincheras de uno y otro lado.
Caballo de guerra no es una historia de buenos y malos, sino de seres —humanos y animales— acorralados por un conflicto bélico que altera sus vidas y futuro y que los somete a duras pruebas. El mensaje es claro: la guerra es un horror imperdonable en la que se da lo peor del Hombre, pero, paradójicamente, también los momentos que lo redimen y dignifican, los que ven nacer héroes.
Spielberg es intuitivo para contar sus historias y evita caer en la tragedia melodramática para solazarse, junto a su director de fotografía —Janusz Kaminsky— en un paisaje espectacular, cielos magníficos y notables secuencias de batalla.
El diseño de arte es impecable y cada secuencia se ve escrupulosamente cuidada, meditada y trabajada con resultados que se disfrutan en la pantalla. El estilo de la narración es elegante y conservador, muy en la línea del cine épico estadunidense de los años 40: sin movimientos violentos de cámara, ni ediciones atropelladas.
Para algunos podrá parecer dulzona y sensiblera, yo la veo como una propuesta que no queda a deber, que podemos ver en familia —con la falta que hace—, con un mensaje universal y que nos hará pasar un muy agradable momento.
Se la recomiendo. 9/10.
