Magisterio: entre la crítica y la inmolación

Cuando se platica con maestros acerca de su profesión ysu quehacer

La semana pasada, la Subsecretaría de Educación Superior anunció que pospone la puesta en marcha de los nuevos planes de estudio para las escuelas normales. Se esperará al último año de gobierno del presidente Calderón para iniciar su cambio curricular.

Esta semana, la Secretaría de Educación Pública o, mejor dicho, la sucursal del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación en la SEP, la Subsecretaría de Educación Básica, empieza con un nuevo plan que, como siempre, pondrá a los maestros, no a la burocracia, en el ojo del huracán. Según se acostumbra, unos les achacarán las fallas de la educación, y ellos se sentirán víctimas del sistema. Esa es historia conocida.

Ciertos sectores, incluidos académicos, periodistas, empresarios y representantes de organizaciones sociales, acusan a los maestros de ser los culpables de la “catástrofe silenciosa”. Para aquéllos, los docentes son los responsables de los bajos resultados que los estudiantes obtienen en todas las pruebas internacionales, en su escaso aprendizaje de las materias básicas y hasta de que los alumnos abandonen los estudios.

En el otro extremo de las visiones políticas, los maestros reproducen en sus estudiantes las condiciones materiales de explotación que el capitalismo y la globalización imponen a los mexicanos.

Por medio de sus actividades, informan académicos radicales, las escuelas y los docentes inculcan en los estudiantes pobres y de clase media la ideología capitalista, los rasgos del trabajo subordinado (asalariado) y los atributos de una personalidad dependiente: escasa iniciativa personal, aptitud para seguir instrucciones y pasividad ante el acaecer social. Además de que los maestros no se interesan en adquirir los conocimientos y las competencias del futuro, siguen anclados en la pedagogía del siglo XIX.

Los maestros también reciben críticas, algunas de ellas acerbas, debido a la firmeza de la cultura patrimonialista que implica la compra-venta o herencia de plazas, lo cerrado de la profesión y la tendencia a la endogamia (la ideología del normalismo mexicano).

No obstante, cuando se platica con maestros acerca de su profesión y su quehacer —asunto que hago con frecuencia en conferencias y encuentros—, uno se da cuenta de que la mayoría se considera víctima. Muchos todavía utilizan un lenguaje pobrista, que ya no se sustenta en lo real. Otros, con mayor perspicacia, arguyen que en realidad el magisterio es reo de redes políticas que encuadra a los docentes en rutinas rígidas, costumbres clientelares y formas de control burocrático que les impiden romper la inercia institucional. Hacen lo que los altos mandos diseñan que deben hacer.

Al margen, o como consecuencia de ser culpables o víctimas, percibo en el magisterio un deterioro moral, una pérdida de autoestima y la decadencia de la ideología del normalismo mexicano.

Hay razones para ello: ni del poder ni de la sociedad surgen mensajes de estima para ellos. Ya nadie piensa que son misioneros, según los concebía José Vasconcelos, ni organizadores sociales, como en la época de Lázaro Cárdenas, ni siquiera apóstoles, como durante la “unidad nacional”.

La burocracia de la SEP o los dirigentes del SNTE no los toman en cuenta, les decretan reformas en la educación básica (que con el pase automático les restan autoridad y presencia) y les posponen cambios curriculares en las normales porque no hay forma de ponerlas en práctica o, aunque las autoridades no lo digan, no hay “consenso” con el sindicato.

Más que echarles la culpa o que ellos se sientan víctimas, es necesario tener un debate sereno y profundo sobre los maestros mexicanos, su presente y su futuro, aunque dudo que eso suceda en el corto plazo.

Si es cierto que el maestro es el eje de la educación, hay que desechar los extremos. Ya basta de juicios severos que no toman en cuenta las condiciones del control corporativo que sujeta a los docentes. Pero también basta ya de que los maestros se sientan inmolados.

Pienso que, aunque no se les considere misioneros, o líderes sociales o apóstoles, hay que construir discursos que contengan mensajes edificantes para los maestros.

 A nadie le conviene un magisterio nacional con su autoestima degradada.

        *Académico de la UAM

            Carlos.Ornelas10@gmail.com

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