¿Quién se hace cargo del país?

Las elecciones concentran la atención de los políticos.

Las definiciones de las candidaturas presidenciales y las campañas serán desde ahora los únicos asuntos de interés para los partidos, el gobierno federal, los legisladores, los gobiernos locales y municipales. La agenda nacional quedará enteramente subordinada a dichos procesos, y los problemas que más afectan a la sociedad serán utilizados sólo para exaltar supuestos logros o atacar a los adversarios: lo mismo la inseguridad y el desempleo, el presupuesto y la educación, las pensiones y el endeudamiento de las entidades federativas, e incluso la grave e incierta crisis financiera internacional. Todo puede esperar. Nada más faltaba: nuestros actores políticos requieren plena concentración para resolver las cosas que a ellos les importan, sin reparar en los daños que produzcan al país sus ambiciones personales y el fuego cruzado dentro y fuera de sus partidos. Es el imperio de la irresponsabilidad, la mezquindad y la pequeñez.

En cualquier democracia los procesos electorales concentran la atención de los políticos. Es natural que así sea. El problema aquí radica en la desproporcionada anticipación con la que se vuelcan a esas tareas, violando las normas electorales diseñadas precisamente para acotar en el tiempo los diversos costos que las actividades proselitistas acarrean; y radica también en la debilidad institucional del país, pues en democracias consolidadas y eficaces, puede no afectar significativamente al ejercicio de gobierno que el Presidente, un gobernador, un legislador o un integrante del gabinete descuiden sus funciones como servidores públicos para hacer campaña, porque cuentan con estructuras institucionales profesionales y con suficiente grado de autonomía respecto a las vicisitudes político-electorales.

Si la democracia mexicana estuviera fundada en consensos básicos en torno a los asuntos estratégicos del país y los márgenes para modificarlos estuvieran acotados, sin perjuicio de la pluralidad, dentro del marco de la racionalidad, la responsabilidad y los acuerdos, las elecciones y la renovación de los poderes implicarían, ni más ni menos, la oportunidad de contrastar propuestas, ajustar e innovar programas y políticas públicas, poner énfasis o matices en la agenda gubernamental o priorizar determinados problemas, pero en modo alguno generarían la incertidumbre y la percepción de riesgo, creada o espontánea, como en 2006, de giros radicales o peligros para México. Mientras la arbitrariedad, los impulsos dogmáticos o las decisiones personales de los actores políticos sigan gravitando tanto sobre nuestra vida pública, las contiendas electorales seguirán degenerando en guerras sucias y, desde luego, la parálisis gubernamental se acentuará. La pregunta, por lo pronto, es ¿quién se hará cargo del país en estos meses críticos para su futuro?

        * Socio consultor de Consultiva

            abegne.guerra@gmail.com

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