Mafia en las calles

A la hora de ayudar, es mucholo que todos podemos hacer

En estos días iba en mi carro y me dediqué a observar lo que sucede en nuestras calles chilangas. Lo que más capturó mi atención fue la cantidad de gente que hay pidiendo dinero a cambio de algún servicio como limpiarte el vidrio, desempolvarte el carro o darte una bolsita de basura. Las Marías no pueden faltar con su chilpayate en la espalda, detenido por un rebozo que solamente ellas saben amarrar de tal forma; los que tienen diferentes discapacidades y piden alguna ayuda para comprar sus medicinas o los que simplemente estiran la mano y casi, casi, exigen un peso.

Lo terrible de todo esto es que nosotros nada más vemos caras, decimos “no” y subimos el vidrio si es que están muy insistentes. Nos enojamos con los que a fuerza quieren que les des dinero como los limpiavidrios y nos quejamos continuamente, cuando estamos en algún lugar tipo de la Condesa, que por qué no nos dejan comer en paz con tanta pedidera.

Detrás de las Marías, de los niños y de muchos “desvalidos” se encuentra una mafia más parecida a los proxenetas que a ninguna otra, personas que manejan niños ilegalmente y se los rentan a las Marías para causar lástima, y quienes terminan quedándose con la mayoría del dinero que recogen. Muchos ciegos no son ciegos, algunos de los que recogen fondos para homosexuales con sida ni son homosexuales ni tienen sida, muchas Marías no son madres y muchos niños son explotados por las noches para sacar dinero a punta de tristeza.

Para este tipo de personas, muchas veces es mejor pedir que trabajar, se aplica la ley del cero esfuerzo, ganancia casi segura y, si echamos dos que tres números, no necesitamos ser matemáticos para darnos cuenta de que hasta más del mínimo sacan de solamente estirar la mano. Personalmente nunca regalo dinero a las Marías que se ven enteras para trabajar, a los niños mucho menos, pues ni siquiera es dinero para ellos sino para familias perezosas que prefieren poner a sus chavitos a pedir en vez de ponerse a trabajar y detenerse en la labor de procrear. A mí me gusta ayudar a los ancianos y a los que claramente tienen una discapacidad, aunque ya ni en eso se puede confiar, hace algún tiempo había un señor en la esquina de Insurgentes y Parroquia que pedía limosna en una silla de ruedas, pues una vez lo cachamos in fraganti, después de la jornada laboral, subiéndose a un Nissan nuevo, después de haber pedido dinero para comer y sus medicinas WTF. En Polanco, bien conocida es la viejita en muletas que, si no le das lana, te mienta la madre. Ella trabaja a ciertas horas en Polanco y otras en la Condesa, también se ha visto por la Roma en sus roídas muletas exigiendo dinero. La leyenda urbana cuenta que esta viejita tiene suficiente dinero como para vivir y, más bien, ya tanta gente la conoce que entre todos la mantenemos.

Ya viene el invierno y, con ello, mucha gente que en la calle muere de frío, en vez de estar dando limosnas que muchas veces son destinadas a drogas, proxenetas callejeros, etcétera. Lo mejor no es dar dinero, pero igual tenemos que ayudar, en nuestras casas siempre hay ropa que podemos donar, suéteres, mantas, zapatos, en fin. Es una buena obra tener estas cosas en el carro y, cuando veamos a alguien necesitado, colaborarle en especie.

Desafortunadamente vivimos en un país en el que, aunque el sistema diga lo contrario, lo niegue y lo reniegue, nuestro índice de pobreza extrema es altísimo y, los que tenemos, tenemos de sobra para ayudar.

No fomentemos lo que claramente no es correcto, pero a la hora de ayudar hay mucho que podemos hacer y retribuir a la vida lo que nos da día con día.

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