¿Por qué tanta mentira y exageración? ¿Acaso piensan que les creemos?

La equivocación del político, es pensar que sí le creen; que aceptan como ciertas las mentiras que les dice.

Lo primero que uno aprende acerca de política y de quienes la tienen como su principal o única actividad profesional, es que los políticos siempre mienten; se acepta como algo natural, que nunca dicen la verdad, o lo hacen sólo en contadas ocasiones. ¿Hacer política es entonces, sinónimo de mentir?

Viene esto a cuento porque, ante la difícil situación que enfrenta Estados Unidos y buena parte de los países europeos, unas cuantas verdades dichas por sus políticos han sustituido las infaltables mentiras de siempre.

Por otra parte, si bien ante lo complejo de los problemas los ciudadanos difícilmente aceptarían que la realidad les fuere envuelta con el oropel del optimismo infundado, en no pocos casos la verdad es aderezada con las exageraciones propias de la lucha política donde, lo que importa no es resolver un problema sino demeritar la labor del adversario para exhibirlo como inepto para que pierda la confianza del elector.

Esto último –la búsqueda del voto que deja como damnificadas a la verdad y la solución de los problemas– lejos de aclarar, confunde. Estados Unidos sería hoy, el mejor ejemplo de ello. Europa, con sociedades más maduras en cuanto a cultura política se refiere, cae menos en las prácticas que vemos en aquel país pero no está exenta de caer en ellas.

Al final del día, sea en Europa, Estados Unidos o América Latina sin dejar de lado a África y Asia, la situación compleja enfrentada y la gravedad de los problemas echan del discurso a parte de las mentiras para sustituirlas con verdades aderezadas con las nefastas exageraciones que como dije, causan más confusión que las mentiras a las que reemplazaron.

En torno a esta propensión del político a mentir, pregunté a quien sabe del tema, cómo manejan los políticos en América Latina este elemento consustancial a la búsqueda del voto: mentir y exagerar.

Parece, de acuerdo con lo que me explicó quien ha trabajado por años con políticos, que en nuestro caso —países latinoamericanos— mucho tiene que ver la historia y la cultura política que nos trajeron los conquistadores. Somos, en esto de la mentira y las exageraciones, más españoles que alemanes o ingleses; más italianos que suecos o noruegos.

En América Latina, la corrupción y enriquecimiento del político lo lleva a que el uso de la mentira se vuelva una obligación casi imposible de eludir; es la herramienta a la que recurre a la menor provocación y reto para intentar esconder lo robado, o confundir a quien lo cuestiona.

En México, nos encanta mentir y la exageración es lo nuestro pero sobre todo, nos gusta que nos mientan; preferimos mil mentiras a una sola dolorosa verdad y eso, impensable en otras sociedades, aquí y en no pocos países latinoamericanos es lo que caracteriza al elector.

El político acepta este juego, y miente; lo hace con gusto y tan bien, que llega a creerse sus mentiras. Se vuelve tan soberbio, que piensa que el ciudadano común desconoce los métodos que utiliza para hacerse de riqueza mediante, por ejemplo, la canalización de recursos a ciertas zonas para elevar significativamente el valor de mercado de los terrenos, y luego recibir elevados sobornos del propietario “agradecido”.

En esta relación entre el mentiroso y el que acepta sus mentiras, nadie piense que éste es un idiota que no se da cuenta de la verdad. La equivocación del político, es pensar que sí le creen; que aceptan como ciertas las mentiras que les dice. Pobre, eso lo pierde.

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