Diarios de bicicleta
Este libro se puede dividir en dos: una crónica de viajes y un manual de bici.
El libro de David Byrne, Diarios de bicicleta, que la editorial Sexto Piso acaba de publicar en nuestro país, puede leerse, si se quiere, como dos libros. Uno de ellos es una crónica de los viajes y giras del músico que lo escribe, y otro es un manual para andar en bici.
Los dos libros nos pueden interesar o no. También alguno de los dos temas nos puede ser más lejano que el otro. A mí, por lo menos, el de la parte de la bicicleta me es casi ajeno. Ya hace décadas que dejé de usar mi bici. Desde que llegué a esta metrópoli dejando aquel jardín del Edén que era mi natal Minatitlán (que conste que es una simple metáfora, pues aunque me duela aceptarlo sé que Mina está bien feo), me he subido poco a ese vehículo
de dos ruedas.
Me siento más cercano al libro de viajes del señor Byrne. He estado en varios de los lugares que describe gracias a las giras de Café Tacvba: hemos estado en esa desolada e inhóspita ciudad de Detroit; hicimos el viaje a las Cataratas del Niágara; hemos visitado muchas veces la bella ciudad de Buenos Aires y unas menos ese nublado Londres. Claro que David Byrne ve otras cosas, percibe de manera diferente cada calle, cada sonido y cada olor. Eso es lo interesante de
un libro de crónicas: de los lugares de los que no sabemos nada,
nos enseña algo nuevo; de los lugares que sí podemos cotejar
nuestras impresiones.
La visión de David no es la de un gringo común y corriente. El ex líder de los Talking Heads es de las personas más cultas que conozco, derribando sin problemas el estereotipo del “americano” tonto, por no usar una palabra más soez.
Cuando he tenido la oportunidad de estar cerca de él (unas cuatro veces en mi vida) lo he escuchado hablar de todo, no hay tema del cual no sepa algo. Música, arte, literatura, política, ¡comida! Sorprende ver a una persona tan flaca comer tanto sin que haga remilgos a ningún tipo de carne ni a platillos mexicanos, que muchísimos extranjeros mirarían con aversión.
El otro libro, ése que trata de bicicletas, nos cuenta cómo Byrne utiliza este artefacto desde principios de la década de los años 80, en una época que andar en bici no era tan cool como lo es ahora. Lleva ya más de tres décadas pedaleando no sólo en la ciudad que eligió para vivir (como en aquella canción de las cabezas parlantes: Find Myself a City to Live In), sino que lleva su bici plegable a donde quiera que va. La perspectiva que le da andar en bici por diferentes ciudades es única. Adquiere así una visión de la ciudad que tal vez ni siquiera los que viven en ella tienen. “Más rápido que un peatón, más lento que un tren. Más alto que los coches y que una persona caminando”.
Byrne nos describe cómo la percepción de la sociedad respecto a la bicicleta ha ido cambiando con el tiempo. Nos cuenta cómo en algunas ciudades lo veían como un loco, o como un naco, por andar en bici. El auto es un símbolo de estatus con el que es difícil competir. Pero el de los artistas es el reino de la innovación. Poco a poco el mundo se va amoldando a la visión de David Byrne.
Este libro llega a México en un momento propicio, cuando hay brotes de cambio en las calles del DF respecto a ese sistema de transporte. Aunque sólo sea en algunas zonas de la Ciudad de México, parece que la única forma es empezar de a poco. Yo, aunque tengo mi credencial de Ecobici, la uso muy poco, me gusta más caminar las distancias que otros prefieren hacer en bicicleta.
Me leí el libro de David porque lo admiro. No sabía que iba a ser “evangelizado” en la utilización de la bicicleta. Así que eventualmente me voy a conseguir una, no falta mucho para que todos los que ahora andamos en coche tengamos, por fuerza, que comenzar a pedalear. Por lo pronto tendré un poco de compasión cuando se me cruce uno de esos nuevos ciclistas que abundan en ciertas calles. Está bien que al ir en bici estén haciéndonos un favor a todos, en vez de ir en un coche contaminando, pero estaría bien que les dieran unas clases de vialidad ciclista. Qué bueno que mis padres me enseñaron a mirar a los dos lados de la calle antes de cruzarla caminando, pues, de no ser así, ya me habrían arrollado varias veces los ciclistas que creen que el sentido de la calle no tiene que ver con ellos.
Estoy seguro que todos los chilangos que leemos el libro de David Byrne morimos por saber qué piensa este “gringo loco” de nuestra urbe. “¡Falta el capítulo de la Ciudad de México!”, pensamos. Mi ego me hace creer que merecemos un libro completo.
Tal vez la realidad es que David Byrne concluye: “A estos chilangos, ¡ni cómo ayudarles!”
