Amores perros
El alcalde de San Luis Río Colorado, Sonora, anunció que bonificará 200 pesos a quien entregue a un perro callejero para esterilización y adopción o para su sacrificio.

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
O desamores, uno elige. Y es que para llegar ahí hay sólo un paso, un acto, una sonrisa engañosa que al instante de dar la espalda se disuelve para descubrir su verdadera conciencia.
Pero eso sucede no sólo entre seres de la misma especie, también entre la nuestra (la racional, en teoría) y otras, muchas otras…
Yo me pregunto, ¿qué sentirá un animalito indefenso que entrega su cariño a quien le acaricia por segundos y después lo entrega a su (mala) suerte?
Dicho esto por lo que sucede en San Luis Río Colorado, Sonora, ante la iniciativa de su alcalde, Manuel Baldenebro Arredondo, de bonificar con 200 pesos a quien entregue a un perro callejero para, dice él, esterilización y posterior adopción o, en última instancia, para su sacrifico. En esa (i)lógica de acabar lo que no se puede controlar…
Y eso me recordó de inmediato aquel episodio en la colonia Condesa, cuando en los parques del vecindario se llevó a cabo una campaña para sacrificar a todo perrito que anduviera sin correa, tuviera o no dueño.
Entonces tendían trampas, comida a la que se le añadía veneno.
Apenas la semana pasada, corría el rumor de otro caso similar, también en la Condesa; pero ahora ya no era comida envenenada, sino alimento al que se le incrustaban clavos…
En Sonora, el alcalde de aquella localidad, médico cirujano y, obviamente, dice él, defensor de la vida; no hay opción ante el crecimiento desproporcionado de la población de perros callejeros.
Vale más un perro sacrificado, que un humano agredido por ellos, como si no pensáramos en el instinto animal como única herramienta de defensa.
Al final, ellos, los perritos, no tuvieron opción y están aquí, presas de circunstancias que en absoluto están en sus manos, ni en su suerte.
¿En serio? Sí, en serio.
Al parecer, somos la única especie que reacciona así ante quien nos procura amor. Usamos esa capacidad de raciocinio, no para entender lo que nos sucede y poder capitalizarlo de forma positiva; lo usamos para justificar los actos más crueles, los más egoístas.
Nos convertimos así, no en quienes entregan, sino con la misma intensidad, sí con sinceridad una sonrisa a todo aquel que tiene detalles, algunos desinteresados, otros por agradecimiento y unos más, sí, desde luego, en espera de un gesto que diga, al menos, que el cariño entregado les está llenando el alma de gusto o no, que también se vale; y es ésta última opción, la de la no reciprocidad, la que deja, tristemente, la salida más cobarde y la de más fácil elección.
Hay quienes ni siquiera agradecen, pero sí convierten al amor en herramienta de control para coartar la libertad de vivir un afecto que, en realidad, no debería tener ninguna dificultad para vivirse.
Sí, ese absurdo de convertir al amor en el causante de los actos más crueles, cuando tendría que ser para todo lo contrario; y más, cuando es una especie que sólo tiene al instinto para defenderse…