¿El puente de Londres se va a caer?

Durante mis años en Inglaterra, un amigo mexicano que también estudiaba allá solía decirme que pensaba que dicho país es el Tercer Mundo del Primer Mundo.

Inglaterra me encanta. Viví allí casi siete años, como estudiante, y mi esposa es inglesa. De hecho, justo acabo de estar en Londres: volví el sábado, horas antes de que comenzaran los disturbios que tienen de cabeza a la ciudad.

Durante mis años en Inglaterra, un amigo mexicano que también estudiaba allá solía decirme que pensaba que dicho país es el Tercer Mundo del Primer Mundo. Y es que si bien es cierto que tiene muchas virtudes, también es verdad que es una nación tan rica como inequitativa en términos de distribución de la renta y la riqueza. Es un país multicultural, pero hay racismo y xenofobia. Es un país que cuenta con un servicio de salud universal y gratuito en el punto de uso, pero tal servicio sufre de carencias que resultan en largas listas de espera para, por ejemplo, ver un médico especialista. Es un país que se siente orgulloso de su policía, pero en el que cualquier persona puede ser acuchillada en un camión nada más porque sí. El país cuenta con un servicio de transporte que, supuestamente, es de calidad, pero los trenes sufren muchos retrasos, el metro de Londres se satura fácilmente, a ciertas horas es imposible encontrar un taxi y, por si fuera poco, el transporte en sí es muy caro. Asimismo, el sistema educativo recibe grandes cantidades de dinero, opera con horarios extendidos, etcétera, pero muchos británicos ni siquiera saben leer, escribir, sumar y restar adecuadamente: el Tercer Mundo del Primer Mundo, pues.

Entre los muchos problemas que hay en Inglaterra destacan el de la desigualdad, la falta de empleo bien remunerado y las pocas expectativas de progreso socioeconómico para ciertos grupos: los adolescentes y adultos jóvenes que no quieren o no pueden ir a la universidad, pero tampoco quieren trabajar en McDonald’s o similares: una especie de generación X; las madres solteras, sobre todo las que son muy jóvenes; los ancianos, quienes ahora están mejor que en el pasado —gracias a ciertas políticas implementadas durante el gobierno de Tony Blair—, pero que, de todos modos, sufren de dificultades económicas y emocionales; los inmigrantes, especialmente de África y Asia, quienes suelen ocupar los empleos que nadie más quiere tomar.

Todo esto es relevante porque lo que está pasando ahora mismo en Londres es más, mucho más, que una protesta por la muerte de un joven a manos de la policía: lo que estamos atestiguando es que parte de los grupos marginados, sin expectativas, sin empleo o con empleos que detestan, hambrientos de obtener los niveles de consumo que otros grupos sí disfrutan, etcétera, están dando rienda suelta a sus frustraciones. De hecho, no me sorprende lo que está ocurriendo, pues todos los fines de semana, tanto en Londres como en otras ciudades del país, pasa algo similar aunque, por supuesto, de mucho menos gravedad: los centros de las ciudades se convierten en campos de batalla, tierra de nadie donde la policía se enfrenta a quienes, después de una noche de juerga, están alcoholizados, fuera de control y liberando, precisamente, sus frustraciones. Sí, amigo lector, en Inglaterra es de riesgo mortal salir al centro de varias ciudades un domingo a las 2 o 3 de la mañana, por ejemplo. Lo que está pasando en Londres es, pues, lo que ocurre cada fin de semana no sólo ahí sino en varias partes del país, pero multiplicado exponencialmente en intensidad y duración.

Usualmente la policía controla esas noches de alcohol; ojalá que igualmente controle ahora la situación. De la misma forma, urge que el gobierno británico ponga más atención a todos estos grupos y que la sociedad de ese país entienda que, así como está, no puede seguir. De lo contrario, no descartemos que más personas se unan a la violencia orientada en contra de cómo viven, qué padecen, etcétera, ya sea ahora o en posibles futuros disturbios.

Ah, y no olvidemos que “cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”.

            Twitter: @aromanzozaya

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