El pájaro enjaulado
La ignorancia es la peor de las cárceles, según un evolucionado miko extraterrestre.
Hola humanos. Una vez más, aprovecho este espacio que amablemente nos ofrecen para expresar nuestras ideas y ofrecerle a los lectores humanos y mikos nuestro punto de vista del planeta Tierra.
En nuestros últimos programas ha habido un tema recurrente y me he dedicado a investigar un poco más sobre él: las cárceles.
En otros tiempos, las cárceles servían para encerrar a los delincuentes mientras se dictaba su sentencia. Fue hasta el siglo XX cuando las cárceles se convirtieron en la condena misma y también han ido buscando convertirse en centros de readaptación social, con el fin de que los delincuentes sean capaces de reinsertarse a la sociedad una vez que salgan.
En México, casi todas las cárceles sufren de sobrepoblación. Ya bien sabemos que muchas veces los inocentes son encarcelados y muchas otras, son los culpables quienes se encuentran adentro; sea como sea, son un chingo, como dicen ustedes. Recordarán la noticia de una prisión en Cancún que necesitaba una extensión, pues la cárcel, originalmente diseñada para albergar a 400 reos, en ese entonces albergaba a mil 200. Lo curioso de la noticia es que quien “ganó” la licitación para construir el anexo fue Luis Carlos Carrillo, sobrino de Amado Carrillo, El señor de los cielos.
Ahondando en mis investigaciones, he averiguado que en las cárceles en México nada es gratis, aunque hay carteles diciendo que todos tienen el mismo acceso a un cuarto, agua, comida, ropa, etc., no es así. Todo cuesta adentro de una cárcel; desde la comida, hasta el trabajo que te toque desarrollar adentro.
Y yo pienso: bueno, claro que debe haber tráfico de cigarros, drogas de uso personal, algunos alimentos. No, en mayo de 2011, desmantelaron un bar en una cárcel en Ciudad Juárez. Había: mesas de billar, 200 botes de cerveza, 12 botellas de tequila y 20 de vodka, dos armas de fuego con ocho tiros útiles cada una, 20 teléfonos celulares, 180 dosis de mariguana y 90 grapas de heroína. ¡Alguien explíqueme cómo meten mesas de billar a una cárcel “sin que nadie se dé cuenta”!
O ¿qué tal la última? En el Cereso de Juárez se organizó una orgía donde entraron entre 30 y 40 mujeres, y varias de ellas también llevaban acompañantes varones. Es inaudito, humanos, es increíble la diferencia, la distancia que existe entre cómo deben hacerse las cosas, cómo dicen que las hacen y cómo de verdad se hacen.
Ahora, ahí les va la contra: El año pasado se inauguró en Oslo, Noruega, una cárcel que de verdad es más lujosa que la casa del 80% de los mexicanos. Los policías no están armados, conviven con los reos; el personal que trabaja ahí es mixto. Y es que los noruegos afirman que ésa es la verdadera manera de reinsertar a un delincuente a la sociedad. Aquí todos sabemos que las cárceles son escuelas del crimen. ¿Qué pasa si tratamos a los delincuentes privándolos de su libertad, pero nada más? En esa cárcel no son privados de su seguridad, de su integridad, ni de su dignidad.
Parece una idea loca —el delincuente debe pagar, debe sufrir— dicen ustedes. Yo no sé cuántas guerras tienen que pasar para que entiendan que la violencia sólo engendra violencia y el odio sólo engendra más odio.
Entiendo muy bien que la mayoría de ustedes son víctimas del abuso y de la injusticia constantemente, pero eso no justifica el profundo y oscuro placer que sienten de ver al “malo” ser castigado. ¿Quién es el malo? ¿Por qué es el malo? Al delincuente lo hacemos todos. Cuando reprimimos, cuando golpeamos, cuando ignoramos, cuando discriminamos. Muchas veces, indirectamente, nosotros somos los culpables de que los delincuentes lo sean.
Por lo pronto, les recomiendo que hagan todo lo posible por salir de la cárcel en la que viven: la ignorancia. Ésa es la peor de las cárceles. Y dejen de buscar siempre a algún culpable para ustedes “lavarse las manos”. Me dirán que soy un hippie comeflores, pero les recuerdo que soy un miko extraterrestre mucho más evolucionado que ustedes y deben hacerme caso.
Simeone Monarres
