La guerra en los tiempos clásicos
Las batallas del Peloponeso, la retirada de los Diez Mil y los combates entre Tebas y Esparta determinaron en gran parte un notorio adelanto en el perfeccionamiento del arte de la guerra
(Tercera y última parte)
La disciplina se revela asimismo en detalles menores. Por ejemplo, cuando las tropas atacaban sobre los cuarteles enemigos, lo hacían en silencio cuando se acercaban a la línea de combate, como para mejor escuchar las órdenes y por respeto ceremonial a los jefes; al atacar en carga o al regresar a sus propias bases, lo hacían lanzando gritos. Más tarde, no fue una de las menores sorpresas de los persas, en Maratón, el ver a los griegos arrojarse sobre ellos dando alaridos de energúmenos. La voz humana, único instrumento para comunicar las órdenes, era educada cuidadosamente y apreciada en sus excelencias.
Tirteo nos ayuda a salvar el tránsito entre la leyenda y la historia, es el poeta eminentemente militar. “Escriba yo los cantos del pueblo —dice—, y no me importa quien escriba sus leyes”. Lo que de su vida se ha averiguado se ahoga bajo las consejas. Sus poemas quedan en trozos. Con todo, permiten algunas observaciones. Trátese de odas y cantos a cuyo acento se enardecían las infanterías dorias marchando al compás de la recitación. Se los ha considerado como un antecedente de La Marsellesa y los versos de Rouget de Lisle.
Tirteo es más técnico que Homero, y sus poesías tienen un sentido estrictamente militar. Habla con exactitud de las armas contemporáneas, las que él mismo ha visto y manejado, y no se refiere ya a posibles reconstrucciones arqueológicas como Homero. Su falange es ya la de su tiempo, y la distinción que hace entre tropas ligeras y pesadas y sus respectivas funciones revela al especialista. Con Tirteo acaba un primer capítulo.
El segundo periodo presenció un desenvolvimiento extraordinario de las técnicas, debido a la guerra del Peloponeso (Atenas contra Esparta, historia de Tucídides), a la retirada de los Diez Mil (Jenofonte en Asia), y a las luchas entre Tebas y Esparta, experiencias todas de primer orden que determinaron un gran adelanto en el arte de la guerra.
La llamada Edad Alejandrina encuentra ya el campo preparado para definir el fenómeno, y es la época de los verdaderos tratadistas. La codificación preceptiva que la Edad Alejandrina pudo hacer en el orden de las letras, con respecto al acervo literario de la anterior época clásica, halla su parangón en los libros de preceptos tácticos y estratégicos, que a su vez recogen la experiencia bélica antes acumulada.
Homero, Tirteo, Esquilo son poetas que contemplan a su modo el arte de hacer la guerra. Herodoto es un narrador general de hechos y leyendas. Tucídides, un historiógrafo tan lógico y sobrio que nos deja lagunas en muchas informaciones ajenas a su “discurso político”. Jenofonte es ya un profesional, jefe militar e historiador, que ofrece testimonios preciosos sobre la organización de los ejércitos griegos y persas de su tiempo, sobre la equitación y el mando de la caballería. Mas tarde, Polibio hará gala de sus conocimientos y práctica militares, rectificará las descripciones de batallas hechas por sus predecesores, pintará con mano maestra el campamento romano de sus días, donde no faltan ya amagos de descomposición.
Diódoro Siculo documenta los sitios de Alejandro, cuyas campañas describirá Arriano con buen sentido, pero con cierta imprecisión. Hay ya entonces tratados de ingeniería militar y máquinas de combate. Eliano y Arriano dejan unas Tácticas de alguna utilidad para la época greco-macedonia, pero más que expertos son artistas de gabinete. Y en esta materia, el gran Plutarco es todo quimeras y vanalidades.
El primer escritor exclusivamente militar es Eneas Táctico, tal vez el mismo conocido por Eneas de Estinfalia, quien a mediados del siglo IV a.C. compuso —entre otras obras del género, hoy desaparecidas, como ciertos ensayos sobre las señales con fuegos y sobre las operaciones navales— un verdadero arte de la guerra en los tiempos clásicos.
