Siria
No hay posibilidad de un abandono voluntario del podera cambio de un retiro tranquilo.
A Hamza Ali al-Jatib no le fue bien. Este joven, casi niño de 13 años, gritó en medio de una manifestación en Daraa, Siria: “Abajo el régimen sirio”. Su familia no volvió a saber de él hasta un mes después, cuando la policía les devolvió el cadáver.
Hamza había sido electrocutado, quemado, parcialmente despellejado y castrado, antes de que le mataran a tiros. La policía le recordó al padre que tenía otros hijos y que ellos podrían sufrir la misma suerte.
Ese es el modus operandi del régimen de Bashar al-Assad, presidente-dictador de Siria. Con tan sólo 45 años, este hombre que lleva al frente del país desde que heredó la Presidencia de su padre, en 2000, defiende a sangre y fuego su régimen.
Su padre, Hafez el-Assad, se mantuvo en el poder durante cuatro décadas a base de un régimen que maniobraba bien la diplomacia con los vecinos, con EU y con Europa, a la vez que tenía mano de hierro con los suyos. Así construyó unos cuerpos de seguridad que hoy le garantizan lealtad al hijo.
Una gran diferencia con lo que vivió Hosni Mubarak en Egipto o con lo que vive Muammar Gadhafi en Libia, cuyos ejércitos se negaron a dispararle a su población, en el caso de Mubarak, y han sido poco homogéneos en el caso de Gadhafi.
En Siria estos días han sido de sangre derramada. La ecuación para Bashar es sencilla si observamos cómo le ha ido a sus vecinos. Tan sólo las fotografías del ex presidente egipcio, Hosni Mubarak, de 83 años apareciendo enjaulado y en cama ante la corte, acusado de corrupción y disparar en contra de su población, clarifica la respuesta de Bashar de quedarse al frente de Siria pase lo que pase.
No hay posibilidad de un abandono voluntario del poder a cambio de un retiro tranquilo.
Por un lado, Al-Assad no tiene que preocuparse por los recursos para mantener a los revolucionarios en orden, ya que recibe apoyo económico de parte del régimen iraní de Mahmud Ahmadineyad y no de EU, como lo recibía Mubarak.
Y, por el otro, las condenas de EU y Occidente en general han sido bastante tibias por dos razones.
La primera es que los revolucionarios no tienen un líder claro y cuentan con un brazo radical que podría devolver un caos antes que la democracia en Siria.
La segunda es que el régimen de Bashar sigue hoy manteniendo las posibilidades de una guerra civil en orden.
Sin Al-Assad, ¿qué pasaría con el conflicto entre los musulmanes extremistas, entre la minoría alauí y entre la mayoría suní? Estos tres distintos islam conviven en un país. Lo han logrado en paz gracias a la instauración de un régimen laico por parte de los Assad. Sin ellos en el poder, un escenario posible sería la guerra civil similar a la que azotó a Líbano durante décadas. Por lo pronto, este mes de Ramadán que acaba de comenzar garantiza días sangrientos para una población de 16 millones de habitantes en Siria, cuyos cadáveres por la revuelta actual ya calcula Amnistía Internacional en más de dos mil.
Días sangrientos hasta el final. Ya sea para Bashar al- Assad o para su gente.
@AnaPOrdorica
