Breivik, Sandoval y el terrorismo
Algo se ha ganado en estos días, a costa de muerte,de terror y destrucción.
Algo se ha ganado en estos días, a costa de muerte, de terror y destrucción. Los medios de comunicación europeos no vacilan ya en calificar al autor de los atentados en Noruega, Anders Behring Breivik, como “fundamentalista cristiano”. ¿Se logrará así un paulatino reconocimiento universal de que el fundamentalismo no tiene religión, ni país, ni cultura? Es la ausencia de todo humanismo, es la barbarie y el triunfo de lo más oscuro y tenebroso del ser humano.
Javier Valenzuela escribe en El País: “En la existencia de un plan secreto para islamizar Europa, toda una versión contemporánea de los “Protocolos de los Sabios de Sión”, cree el asesino Breivik y creen millones de europeos. “Es como Hitler, pero con los musulmanes”, declaró ayer en este periódico el sociólogo noruego Johan Galtugn. Tiene razón: estas ideas, como las de “Mi lucha”, el nacionalismo totalitario de ETA o el milenarismo yihadista de Bin Laden, matan. (…)
“Los Breivik y compañía, sus pelotones de choque, creen que deben exterminar al enemigo —los infieles musulmanes y los herejes progresistas— para salvar la civilización blanca y cristiana. Estremece descubrir que la estrategia antiterrorista de la Unión Europea ni tan siquiera es consciente de la existencia de la nueva peste parda”.
El homenaje con recursos públicos organizado por el gobierno jalisciense para el cardenal arzobispo de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez, capo indiscutido del clericalfascismo en México, forma parte del repertorio del fundamentalismo cristiano, aunque haya sido repudiado por los tapatíos, en una alentadora muestra de salud mental: se instaló un escenario teatral en la Plaza de la Liberación, con cuatro mil asientos, de los cuales apenas unos 500 fueron ocupados, en buena medida por viandantes curiosos.
Claro que al gobernador Emilio González Márquez, presunto aspirante presidencial por obra y gracia de los efluvios etílicos, le tuvo sin cuidado —como siempre— la patente y notoria oposición de un exceso pagado por el erario que, en suma, fue un flagrante desacato al Estado laico, de suyo traído a mal traer por la casi docena trágica del panismo.
Fue una experiencia alucinante escuchar al gobernador extenderse acerca de la necesidad de dejar atrás los lastres de las ideologías, para construir una sociedad más tolerante, justa y libre. Decir esto frente a un personaje como Sandoval Íñiguez, que ha destacado, entre múltiples rasgos, por su intolerancia y su violenta injusticia —bastaría con recordar el caso del Colegio Cervantes, desalojado por los gorilas cardenalicios con ostentación de fuerza bruta— fue, por lo menos, escatológico.
Salvar a la civilización blanca y cristiana es lo que une a seres como Breivik, Sandoval y González Márquez. Es lo que ha promovido en México la Iglesia católica: por ejemplo, cuando los obispos y sus cómplices laicos se sumaron a las intrigas del embajador estadunidense Henry Lane Wilson; apoyaron activamente el cuartelazo de Victoriano Huerta, a quien concedieron un préstamo de 10 millones de pesos; el arzobispo primado de México, José Mora y del Río, entregó ayuda financiera al general golpista y el papa Pío X le envió un telegrama felicitándole por “el restablecimiento de la paz en México”.
Al ser proclamada la Constitución de 1917, los obispos llamaron a desobedecerla, con el total apoyo del Vaticano. El papa Pío XI arrojó leña a la hoguera al asegurar, en la carta apostólica “Paterna sane sollicitudo”, de 1926, que la Constitución y sus normas “ni siquiera merecen el nombre de leyes”.
¿El resultado? La guerra cristera de 1926-1929, durante la cual, una comisión de obispos se dirigió a Roma, junto con la plana mayor de la llamada Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa (LNDLR); no con el propósito de implorar la bendición papal, sino de reunirse con el duce de la Italia fascista, Benito Mussolini, para pedirle ayuda: dinero, armas, instructores y hasta tropas, con el fin de derrocar al “gobierno bolchevique” de Plutarco Elías Calles.
Terrorismo cristiano. Entonces y ahora.
