Tacones Edmundianos

Las invito a que nos alivianemos un poquito y le soltemos el collar de castigo a Cupido. ¿Cuántas veces hemos terminado una relación y mentado madres sobre los Cirilos?...

¿Cuántas veces hemos terminado una relación y mentado madres sobre los Cirilos? ¡Todos son iguales!, conjuramos como si fuera una maldición ciriliana que incluye una serie de plagas que soñamos que les caigan encima, sobre todo a ese “desgraciaaaaaaado, señorita Laura”, que nos picó el corazón en pedacitos, dejando una cicatriz que toda la vida recordaremos, cada vez con menos rabia, aunque algunos Cirilos nunca abandonen el cajón de los resentimientos.

Todo lo que nos pasa en la vida es “por algo”, dirían nuestras sabias madres cuando nos caemos en un hueco, no importa su profundidad, “mijita, dale gracias a Dios que quién sabe de qué cosas te salvó”, y aunque ese argumento no cura las heridas, la realidad es que pareciera que el mundo preparara las respuestas para un futuro, cuando entendimos por qué “ese desgraciaaaaao” nos la jugó.

Hace poco tiempo salí de un duelo amoroso bastante inesperado. Como siempre, una Cirila que se respete, espera que el Cirilo al que ama, en determinado momento, sea su Cirilo Azul y así no tener que preocuparse nunca más por el amor. Desafortunadamente todos los Cirilos “de nuestra vida” vienen seguidos de aquel muro del que tanto hablo, incluso nuestro Cirilo “hasta que el hartazgo los separe” también nos muestra de vez en vez que no nos libramos de los fregadazos, aunque juremos el amor para siempre.

Recién tronamos, quedamos con la desconfianza elevada y el amor propio deteriorado, no comprendemos qué pasó, cómo fue, en qué momento pasamos del te amo al ¡sale, bye!, y culpamos a todos los Cirilos del planeta por lo que nos sucede. ¿Ligar? ¡Ni en problemas! No tenemos ganas de volver a comenzar una relación que muy probablemente (si no es que seguro) terminará en otra decepción amorosa. Lo que pasa es que el corazón nos juega una que otra pasada en reversa y cuando menos nos damos cuenta ya nos enfilamos a la siguiente relación. Hace unos días hablé sobre ese cascarón en que crecemos las Cirilas con el paso de los daños, esa coraza que no nos permite entregar todo de un jalón y nos mantiene alertas con mirada sospechosa ante el enemigo, o sea, los Cirilos.

Lo importante es comprender que los dictámenes del mundo (a quien de un tiempo para acá llamo Edmundo y a quien adopté como ser supremo) siempre tienen un por qué y nos deja dos opciones: ir contra la corriente o aceptar lo que Edmundo trae consigo. Cuando un amor se va, con él se van una serie de sueños, ilusiones, anhelos, pero sobre todo planes, planes que ya nos habíamos forjado en la cabeza y que luego se derrumban con tan sólo un soplido. Entonces nos entregamos al drama TNT y preguntamos hacia el cielo ¡por quééééé!, sin darnos cuenta de que a la vuelta de la esquina se encuentra la respuesta que siempre termina haciéndonos reflexionar: “¡Ay!, qué tonta fui, tanto que lloré y sufrí por Cirilito de tal para ver que hoy ya nada de eso vale la pena”. Por ahí pasé hace poco y hoy, con la respuesta en la mano, sólo me queda decir: ¡Gracias, Edmundo!

Es por eso que las invito, queridas Cirilas lectoras, a que nos alivianemos un poquito y le soltemos el collar de castigo a Cupido, quien tiene órdenes de Edmundo para envolvernos en ciertas relaciones que nos preparan para cuando encontremos el verdadero amor, ése que se siente bien, que no deja dudas, que nos hace sentir plenas, sin miedos, sin tantos cuestionamientos y sobre todo ese amor en el que no hay que dejar de ser quien somos para retener a alguien a nuestro lado.

En cada Cirila vive una Julieta que sueña con encontrar el amor y, aunque muchas veces, por la acidez que dejan algunos momentos, digamos que el amor no existe y que no queremos volver a saber nada de los Cirilos, la verdad es que jamás nos sentimos realmente así, pues muy en el fondo seguimos deseando y buscando sin descanso a ese Cirilo de quien nos podamos enamorar para ponerle un final feliz a la búsqueda del amor.

“Y vivieron felices comiendo perdices.”

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