La educación de los sentidos
Debe inculcar el arte en los niños, para convertirlos en adultos que vibren con él.
Es añeja la disertación en torno al arte y el calificativo de elitista que le dan muchas personas. Otros consideramos que cualquiera puede vibrar y emocionarse al contacto con una obra de arte, igualmente rechazarla o sentirse agredido o no comprenderla, pero eso ya implica que la pieza, cualquiera que sea su naturaleza, movió algo en la persona, provocó una emoción o un sentimiento positivo o negativo, pero no indiferencia. La materia prima para la comprensión en términos generales la tenemos todos.
Una pintura o escultura, un vino exquisito, una poesía, una obra musical, una buena película, a todos pueden llevarnos a una explosión de sentimientos, a llorar o reír, a viajar con la memoria en el tiempo y en el espacio, pero es vital el entrenamiento, y esto no es elitista de ninguna manera. Las bases están ahí como un diamante en bruto al que hay que pulir y que puede cambiar en forma positiva nuestra vida. La música es el mejor recurso para ir modelando la sensibilidad de los niños; la exposición al arte y la cultura son excelentes herramientas para ir despertando desde la infancia adultos que vibren ante una obra artística, lo que además los hace reflexivos, críticos, propositivos y de mentes abiertas, pero obviamente esto no forma parte de los programas educativos del país.
Usted estará pensando a qué viene todo esto. Resulta que después de oír hablar de un programa que pasa por el Canal de las Estrellas y que se llama Pequeños gigantes, yo me pregunto: ¿Dónde está la autoridad que permite que una manifestación de decadencia y vulgaridad como esa pase en horario estelar en la televisión nacional?, ¿cómo es posible esa falta de respeto a niños que ni idea tienen de que son el entretenimiento y la burla de adultos mercantilistas? ¿A dónde va un país cuyas generaciones jóvenes están cada vez más distantes del verdadero arte, de la dignidad de la persona, del crecimiento intelectual y cada vez más cerca de la basura ideológica que producen algunos medios?
Tan fácil que resulta llevar una grabadora a un salón de clases de primaria y en vez de hacer que quieran parecerse a los llamados “cantantes” de moda enseñarlos a sentir a Mozart, a Beethoven. ¿Por qué no dar más tiempo a materias que forman el espíritu y lo alimentan, que generan adultos pensantes que no se traguen esas porquerías? ¿Será por el perverso contubernio entre gobiernos y empresarios que sienten que los ciudadanos “calladitos nos vemos más bonitos” y estorbamos menos? ¿No hay responsables, como siempre?
Me reafirma esta reflexión Deby Beard, la impulsora más importante de la cultura del vino en nuestro país, con su invitación a una cata maridaje con excelentes vinos mexicanos, que no por buenos son caros o inalcanzables. Con la guía amable del español Sebastián Suárez, enólogo de las Cavas Pedro Domecq, transitamos entre la riqueza de los sabores de excelentes vinos mexicanos y mi pregunta de siempre es: ¿Cualquiera puede disfrutar de un buen vino? Y la respuesta de siempre es sí. Independientemente de la subjetividad que implica la experiencia desde el punto de vista sensorial, todos podemos “pulir” nuestros sentidos.
Elaborar buenos vinos y disfrutarlos es un verdadero arte, pero hay que desechar el prejuicio de que es sólo para unos pocos.
Las metáforas de Suárez durante la degustación de los vinos fueron tan claras, tan amables y vívidas: “éste evoca el pan tostado, éste fresas, duraznos, éste otro chocolate, maderas, hierbas, cítricos”; imágenes mentales conocidas por todos y no hay que ser millonario para vivirla. Un Chateau Domecq, Reserva Magna, Reserva Real, son excelentes vinos mexicanos para una gratísima experiencia.
Si desde pequeños valoramos una pieza musical, una pintura (en un libro o en tantos museos de nuestro país); si hay una mano que guíe ese desarrollo en la escuela o en la familia, se irá modelando la sensibilidad y formando un criterio. Enseñaremos a nuestros sentidos las ventanas del contacto del cuerpo con el mundo a ver el entorno de otra forma, a tocar, paladear, escuchar más allá del bombardeo de estímulos que nos agreden desde que abrimos los ojos por la mañana.
