Doña Imelda y el “utilómetro”: ¿Por qué le tememos a la libertad?

- Sorprenden las palabras del secretario porque, dados sus antecedentes académicos, uno esperaría un juicio diferente de un profesional...

La semana pasada, durante la presentación que organizó la Secretaría de Hacienda para dar a conocer “LA BANCA MÓVIL Y LA INNOVACIÓN, EL FUTURO DE LOS SERVICIOS FINANCIEROS”, el actuario Cordero introdujo a quien de existir, seguramente es una verdadera heroína.

Doña Imelda Sánchez —es el nombre que dio el secretario— vive en la Sierra de Zacatecas; debe, cada bimestre, pasar por un viacrucis que más que consecuencia de su pobreza, es resultado de la mentalidad obtusa de una burocracia insensible. Ella, seis veces al año, recibe del gobierno federal recursos provenientes de ciertos programas de apoyo administrados por Sedesol.

Al margen de las dificultades que doña Imelda debe enfrentar y superar para recibir aquellos recursos, el secretario de Hacienda —presentado esta vez por el maestro de ceremonias, no como maestro ni doctor sino como actuario— dijo en dicha ceremonia: “Ya con el dinero en la mano —en un sobre transparente—, la señora sale de la plaza y se encuentra con una legión de vendedores de chácharas y cosas inútiles, que al saber que la señora tiene dinero, le quieren vender absolutamente todo y de todo, y de todas las maneras posibles.”

Sorprenden las palabras del secretario porque, dados sus antecedentes académicos, uno esperaría un juicio diferente de un profesional de la economía egresado del ITAM en cuanto al derecho del consumidor de elegir libremente en una economía abierta y también, de los agentes económicos a vender lo que consideren sea de las preferencias de los consumidores.

En ese tipo de economías —a diferencia de las cerradas, protegidas al máximo como era el caso de la nuestra todavía a fines de los años ochenta—, uno de los derechos fundamentales del consumidor es decidir de acuerdo con sus intereses lo que más le conviene. Esto, sin requerir en modo alguno la asesoría de algún burócrata que le diga —en cada decisión que debe tomar— qué le conviene.

Al leer las palabras del secretario, me pregunté: ¿Habrá comprado él, alguna vez, chácharas y cosas inútiles? ¿Comprará siempre cosas estrictamente indispensables a la vez que rechaza todo aquello que es superfluo, inútil? (¿Para quién serán inútiles esas chácharas de las que habla el secretario?)

¿Cómo determina el secretario si un producto es una cháchara y cosa inútil? ¿Lleva siempre consigo ese prodigio tecnológico que es “el utilómetro? ¿Antes de cada decisión de compra en alguna tienda departamental o supermercado —jamás en una plaza o tianguis—, usa “el utilómetro” para decidir? ¿Cuáles serán los rangos aceptables en cuanto a chácharas se refiere? De 1 a 10, ¿cuál sería la calificación mínima para que doña Imelda pudiere adquirirla y un vendedor ofrecerla?

¿Qué idea tiene el secretario de la libertad que los jodidos deben tener en lo que se refiere a decidir qué comprar? ¿Acaso piensa que por estar jodidos, no saben distinguir —como él seguramente lo hace— aquello que es útil de lo que es una cháchara inútil?

Por último, podría decirnos —para lograr un uso óptimo de los escasos recursos con que contamos doña Imelda y millones de mexicanos—, dónde adquirió su “utilómetro” y, ¿dan cursos en el ITAM para aprender a manejarlo?

No hay duda, nos da miedo la libertad; la propia y la ajena.

Temas: