¿Unidad en la diversidad?

El principal punto de entrada a Europa para los inmigrantes es Italia; desde ahí, miles buscan la manera de llegar a otros países de la UE.

Desde hace algunas semanas la Unión Europea (UE) se enfrenta a un nuevo reto que hace dudar a muchos de su capacidad para permanecer “unida en la diversidad” (lema de la UE desde 2000). Se trata de la inmigración proveniente del norte de África, resultado de las revueltas en esa región.

El principal punto de entrada a Europa para estos inmigrantes es Italia; desde ahí, miles de ellos, en su mayoría tunecinos, buscan la manera de llegar a otros países de la UE, sobre todo a Francia y Alemania, para conseguir una mejor vida.

Tras la llegada de los primeros inmigrantes, el gobierno italiano solicitó el apoyo de sus socios europeos para evitar que siguieran llegando a su territorio y para admitir a parte de los inmigrantes que ya se encontraban en él.

Sin embargo, los demás países de la UE no reaccionaron a estas peticiones. Los italianos debían ser capaces de lidiar con los inmigrantes solos. El problema era de Italia, no de ellos.

Hoy se calcula que han llegado unas 23 mil personas a Italia. El gobierno, citando razones humanitarias —y para evitar tener que hacerse cargo de ellos—, decidió otorgarles permisos de residencia por seis meses.

Con estos permisos los inmigrantes pueden, en teoría, moverse a los demás países de la UE sin problemas, debido a que 25 de ellos pertenecen al área Schengen, que permite la libre movilidad de personas en el interior de la misma como parte de uno de los derechos fundamentales de que gozan los ciudadanos europeos de viajar y establecerse en cualquiera de los estados miembros. Asimismo, Schengen significa la eliminación de controles fronterizos internos.

Francia fue el primero en oponerse a la acción italiana y en anunciar el refuerzo de controles en su frontera con Italia para evitar la entrada de los inmigrantes. De acuerdo con las autoridades francesas, bajo Schengen, además del permiso de residencia, un inmigrante necesita un pasaporte válido y comprobar que posee los medios financieros adecuados para mantenerse durante su estancia. Las autoridades italianas otorgaron los permisos sin fijarse en lo anterior. Así, Francia argumentó tener el derecho de suspender Schengen en este caso.

La situación escaló rápidamente y otros países de la UE se unieron a los reclamos de Francia contra Italia. Sin embargo, esta semana el presidente francés, Nicolas Sarkozy, y el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, acordaron solicitar una modificación de las reglas de Schengen para permitir restablecer los controles fronterizos internos en caso de una situación excepcional, como por ejemplo que un Estado sea incapaz de controlar su frontera externa.

En la actualidad, sólo se permite establecer controles fronterizos temporales en caso de una “amenaza seria” al orden público o a la seguridad interna, aunque son los Estados quienes definen lo que constituye tal amenaza. Si un Estado quiere suspender Schengen (restablecer controles fronterizos rutinarios) tiene que abandonar la UE, porque el acuerdo es parte de los Tratados de la Unión.

La solicitud de Sarkozy y Berlusconi responde más a presiones políticas internas que a un temor real por la amenaza de un “tsunami de personas” (en palabras de Berlusconi) a Europa. En Francia y en Italia partidos políticos de extrema derecha opuestos a la inmigración están adquiriendo cada vez más popularidad y amenazan acabar con el poder de estos dos personajes.

No obstante, lo que debería preocupar es el hecho de que una Europa “unida en la diversidad” no sea capaz de mostrar la más mínima solidaridad en un caso como el anterior, siendo además que la solidaridad es una norma básica de la Unión Europea.

* Profesora de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad Anáhuac, México Norte.

forointernacional@anahuac.mx

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